El pesador de almas

–Cientocincuenta de bondiola, señorita.

No me había dado cuenta de su existencia hasta que habló. Tampoco de que se había colado de manera tan casual como irrefutable. Comprendí de inmediato que los veinte minutos que llevaba esperando la módica atención de la fiambrera le importaban tres carajos a ese invasor.

–Cientocincuenta del jamón cocido de la oferta, también, por favor, señorita.

Le dediqué al sujeto una mirada fulminante que se pretendía condena, pero la ignoró con la misma eficacia con la que había desmentido el orden inapelable de los números en el contexto de cualquier comercio.

—Me da también cientocincuenta de mortadela.

Resignado como estaba a la clara derrota que había sufrido, abandoné cualquier idea de reivindicación y me me aboqué a observar detenidamente al sujeto. En primera instancia, lo encontré parecido a un tío abuelo fallecido hace algunos años. No tanto por sus rasgos, sino por una cuestión de uniforme generacional. Creo que lo primero que noté fueron los zapatos acordonados color cereza, que recordaba —de mi infancia— lustrados con una destreza rayana en la maestría.

—Cientocincuenta de fiambrín, también, yaquestamos.

El traje, que no era un traje, se componía de un saco y un pantalón emparejados con notable esfuerzo. El uno, cruzado, gris con detalles marrones en las solapas, claramente de invierno. El otro, marrón, lo suficientemente fino como para verano, y algo corto, permitía adivinar las medias a cuadros azul marino y gris. Leí en esa Gestalt el viajante de comercio que alguna vez fue.

—Y cientocincuenta de queso, así ya estamos.

Lo miré extirpar con su mano izquierda los billetes arrugados del bolsillo del pantalón. Con la derecha sostenía, precariamente, el paquete de fiambre y un pequeño bolso que supo ser de cuero.

—Hasta luego, señorita —dijo. Mientras pasaba por delante de mí, me dedicó durante un segundo más o menos eterno una mirada agradecida, que intuí producto de alguna forma de culpa.

Apuró el paso, atravesó la cortina de plástico del local y desapareció en el resplandor insoportable del mediodía. Olvidada la digresión de su presencia, el universo de la fiambrería retomó la vulgaridad ordenada que tanto me agradaba.

Entonces escuchamos la frenada. Y el necesario impacto seco, adornado por algunos crujidos, como de ramas quebradas. Presentimos los gritos. corrimos hacia la entrada, movidos por la necesidad de constatar que se trataba de un accidente.

Cuando atravesé la cortina de plástico y superé la ceguera que me causó el sol del mediodía, vi el colectivo detenido. Debajo, apenas detrás de los neumáticos delanteros, alcancé a distinguir unos zapatos color cereza.

Me pregunté si había muerto de inmediato, si había partido de un modo tan abrupto como había aparecido delante de mí en la fiambrería. Recordé, a propósito de la muerte, que alguna vez había visto una aburridísima película coral de algún director mexicano. Me pregunté si aquel peso que postulaba para las almas podía ser exacto.

Miré nuevamente los zapatos color cereza debajo del colectivo.

Imaginé un número en la balanza.

Y no pude evitar sonreír.

How To Turn Yourself Into A Useful Idiot

No nos, no matter what.

Or else you wouldn’t qualify.

De libros, peces y picadoras de carne

El lunes pasado debuté en el mundo de los panelistas.

Invitado por la dirección del diCom (la maestría en diseño Comunicacional de la UBA), me dejé llevar por las promesas de fama y dinero del viejo amigo Enrique Longinotti, director de la Maestría.

Preparé, en los escasísimos minutos libres que  permiten un trabajo formal de nueve horas y la crianza de un niño de dos años, una presentación acerca del lugar del diseñador en el universo editorial, guante que recogí (ahorrémonos los dobles sentidos) con gusto.

Por fortuna para el auditorio, hubo otros diseñadores además de mí, lo cual posibilitó que algo de real interés se presentara al público. Jorge Doneiger (Viva), Ana Gueller (La Nación), Alejandro Pescatore (diseñador especializado en libros de texto y tesista de la Maestría), Pablo Krymkiewicz (Tholön Kunst), Diego Bianchi (pequeño editor) y Mariano Lucano (Barcelona) animaron la jornada con ideas y experiencias y, más allá de lo extenuante de la velada, resultó una oportunidad para pensar sobre un hacer que muchas veces no piensa.

Como —se sabe— el tiempo es tirano, la exposición sufrió tropiezos y podas preterintencionales que probablemente hayan dejado la impresión de que algunas ideas (de las pocas que había) resultaban demasiado esquemáticas y simplistas.

A los efectos de reponer, a quienes pueda interesarles, la información dañada, van aquí la presentación en PDF* y el script pertinente.

(*) Como se trata de un PDF interactivo, se requiere la última versión del Acrobat Reader).

Zwei

Hace dos años me convertí en padre, denominación cuyas implicaciones no imaginaba por entonces.

Gastón llegó por decisión propia un quince de agosto, adelantándose unas dos semanas a lo previsto. Cierta tendencia a la concreción de Su Voluntad por encima de cualquier obstáculo se verifica día tras día desde entonces. A esta altura, es un rasgo de carácter, junto con su mimosidad (si existiese la palabra) y sus cabroneos.

Es difícil (y extenuante) describir todo lo que trae un hijo. Podría arriesgar: Amor-Demanda-Energía-Risa-Pañales-Puré-Cansancio-Juguetesmusicales-Yogurfirme-Maríaelenawalsh-Besos-Pisodegomaeva-BabyTV-Patitasdepollo-Ojosgigantes-Bañoconduchador-Rampas-Vocecita-Jardín-Siesta-Jugodemanzana-Caricias. No, no es suficiente ni exhaustivo, pero es un comienzo.

Gastón arriesga algunas palabras, por estos días. Papá está entre ellas; es la que ordena el revuelo que es mi vida desde hace dos años, y le da sentido a todo.

Que los cumplas muy feliz, hijo. Papá te ama.

 

 

Manual de clichés (6)

Sí, aquí estamos nuevamente, caro leedor, con los puños llenos de consejos para ayudarlo a constituir una subjetividad más apetecible que la que padece por obra del Destino.

CLICHÉ 6: EL TRAIDOR
La conspicua moral judeocristiana suele atentar contra los sueños de todo humano: fama, prosperidad, el trabajo del otro, la mujer ajena Ya es hora de sumarse al reino de los Iscariotes y darse todos los gustos sin tropezar con inoportunos escrúpulos. Ahí vamos.
• Silbe bajito. La primera lección para un aspirante a desleal consiste en asfixiar laboriosamente todo indicio de doblez en el pensamiento, el discurso y la acción. Nadie (de ser posible, ni siquiera su propia conciencia) debe tener la más mínima sospecha de los fines que persigue, y mucho menos de los medios que está dispuesto a utilizar para justificarlos. Para ello, es menester ahuyentar de la superficie aquellos signos que, inocentemente, pudieran dar motivos a los Custodios de la Ética para sospecharlo adherente al linaje de los clavapuñales: aplicar a sus vástagos nombres como Bruto, Yago o Kilpatrick; llorar a moco tendido por la carencia ecuestre de Ricardo III en Bosworth Fields; o defender con sentidos argumentos la entrega de Lando Calrissian en El regreso del Jedi, por ejemplo, podrían ser leídos por los Centinelas de la Rectitud como una prospectiva de falsía.
• Telecomande. Ningún Apóstol del Complot en su sano juicio permanece a una distancia en la que la sangre pueda salpicarlo. Para evitar tales molestias, es imprescindible abocarse de lleno a la manipulación de psiquis ajenas,con el objeto de instalar en otros la bullente necesidad de traición que en verdad es sólo suya. A tales efectos, herramientas como la Injuria y la Calumnia se revelan de gran utilidad para alentar en sus influidos la fragua de un animus destituientis que derrocará a su víctima sin importar cuán querida, legítima, honesta o talentosa sea. “Yo esto te lo digo por tu bien, no tiene nada que ver que a Fernández le hayan dado la Gerencia de Finanzas que me merecía yo. Pasa que me había llegado el rumor de que te iba a hacer echar, porque viste que él es bastante mediocre y no quiere a nadie que le haga sombra, por eso te cajoneó el aumento que te correspondía por tus tres días de antigüedad en la cadetería… me quiso hacer quedar mal a mí porque soy tu jefe, pero todos saben acá que a Fernández los de abajo no le gustan nada porque le ven los hilos, sobre todo ahora que está haciendo negociados con los proveedores… encima parece que le gustan las menores, principalmente cuando está tomado… ¿Sabés lo que hay que hacer? Patearle la puerta al Director y decirle que Fernández es insostenible, corrupto y que maltrata a la gente… ¿Ah, van ahora? Justo tengo que ir a buscar al nene al jardín, si no te juro que los acompañaba… pero estoy cien por ciento con ustedes.”.
• Catequice en espejo. El ejercicio militante de la Conjura debe ir acompañado por una prédica proporcionalmente fanática de la cualidad opuesta. La lealtad debe ser virtud cardinal en su discurso, de modo que sus más aberrantes vilezas queden aplastadas bajo una avalancha de vocablos de raigambre justicialista. Condene airadamente a los hinchas que critican al Cinco que no pone huevos, porque de los rivales será el triunfo si toda la hinchada no se encolumna detrás del Caruso Lombardi de turno; a los empleados que despellejan a su jefe, porque de la competencia serán los mercados si la planta no se alinea con el Gerente que comanda la Gesta Empresarial; a los ciudadanos que cuestionan a sus dirigentes, porque de los imperios cipayos será la Patria si no se amucha el Pueblo sin objeciones detrás del Gran Caudillo Protector. Ya verá cómo todos a su alrededor quedarán hechizados por su profundo sentido de la fidelidad, y perderán de vista los cadáveres que deja a su paso.
• Acopie evidencias. El que guarda siempre tiene; por eso, si aspira Ud., querido lector, a alcanzar sus objetivos en base a felonías, deberá munirse de todos aquellos documentos que puedan serle de utilidad a la hora de liquidar rivales. Mails, cartas, conversaciones de chat, mensajes en el contestador, filmaciones de cámaras ocultas, grabaciones, mensajes de texto, listas de compras, tarjetas de cumpleaños, todo puede servir cuando de maquinar infidelidades se trata. Rastree exabruptos, detecte contradicciones, infiera errores. En caso de no hallar nada útil, puede usted fabricarlo apelando a sus habilidades literarias: corte, pegue, edite, distorsione, exagere, reduzca u oculte lo que sea necesario para convertir a su objetivo en una marioneta con los hilos cortados y en caída libre.

Podríamos sugerirle algunos tips más, estimado lector, pero inferimos que un verdadero aspirante a Judas tiene creatividad suficiente como para fraguar deslumbrantes y efectivas intrigas. Además, si le diésemos todas nuestras recetas, nos resultaría mucho más difícil traicionarlo, si fuese esto necesario. Hasta la próxima.

El ojo del amo

Las pesadillas del Norte llegan al Sur, tarde o temprano.

Ahora, el sueño de algunas corporaciones y sus representantes (estables o contingentes) está cerca de concretarse en estas tierras, otrora pródigas en libertades que, si bien lucen anárquicas frente a las legislaciones y usos de naciones del mundo desarrollado, en países como el nuestro resultan ser el modo en el que los individuos gambetean las reglas del sistema para procurarse algo más parecido a la equidad.

En casi todas partes, los libros digitalizados y los archivos digitales de audio habilitaron las formas de intercambio más honestas y desinteresadas entre personas que jamás se conocerán.

Permitieron difundir y conocer artistas impensados, y acceder a textos inhallables. Pero en ambos casos, de un modo que, tarde o temprano, debía ser punido. Y no por la cuestión más superficial de la piratería como la han redefinido maliciosamente (traduzcamos: la copia y distribución libre de libros o discos en formatos digitales, en su mayor parte sin la intención de lucro), sino por algo más grave: el hecho de que esa distribución no estuviese centralizada en pocas manos, las de los tenedores de derechos de las obras. Las editoriales. Las disqueras.

El problema es, sí, moral. Pero no se trata de una violación de la integridad de la obra (arrancarla de su soporte objetual, disminuir su calidad en la traducción a lo digital) sino de un imperdonable desinterés por el dinero que deben generar esas obras. No es de interés de esas compañías la difusión que sus artistas y catálogos obtienen por estos medios (difusión que, además, deja afuera a las miríadas de negocios-rémora, como las agencias publicitarias, los agentes de prensa, los managers, etcétera), sino el beneficio económico directo e indirecto que de ellas pueda obtenerse, aun cuando esa restricción acabe recortando mercados o impidiendo sumar lectores u oyentes.

En lo personal, soy fetichista. Me fascinan los libros como objeto, además de los textos. Me encantan los CDs, y más si son ediciones especiales. Pero, en verdad, viviendo en Argentina, la gran mayoría de estas cosas son más o menos inaccesibles. En un principio, el punto era que la importación encarecía. Así que se fueron reduciendo las posibilidades: un libro de Anagrama, o CD inglés son un lujo que uno puede darse cada tanto. Luego se sumó la producción local, suponemos que de la mano de la inflación. Un CD a sesenta pesos es más o menos un robo, sobre todo porque la industria nacional (los melómanos lo sabemos) no alcanzó aún el nivel de sus competidoras internacionales. Y un libro de Paidós a ciento y pico de pesos, mal impreso, en papel obra de sesenta y ocho gramos, apresuradamente encuadernado, tampoco es una ganga.

En los anuncios de políticas de Estado, en los discursos de los popes de las cámaras empresarias, en los sitios web de las editoriales, en las declaraciones públicas de muchos músicos y escritores, la Cultura es esencial para el desarrollo de los pueblos. Curioso es que, ante la intuición de perder (remarco la palabra porque es una clásica tergiversación del mundo empresario: establecen imposibles horizontes de ganancia de expansión infinita, y ante la menor diferencia con esas proyecciones, hablan de pérdidas), de inmediato adhieren a las campañas anti-piratería. Y meten en la misma bolsa a los tipos que facturan mucho por mes copiando CDs o afanándose de la imprenta los pdfs de un libro para reproducirlo en un taller más o menos clandestino, con los que suben el último disco de Diablo Swing Orchestra o un libro de Derrida a la web para que alguien más pueda acceder a ellos. El progresismo, en términos de producción cultural, debería medirse por la flexibilidad del bolsillo más que por la grandilocuencia de las palabras.

El Canon Digital que se impulsa, es una indemnización preventiva. Se indemniza (no al estado que no pierde nada) a los privados que suponen que la compra de un iPod, un pen drive, una torre de DVDs o un disco rígido los perjudicarán, tarde o temprano. Constituye, de algún modo, una forma de subsidio de industrias que, en los últimos tiempos, han demostrado, en líneas generales, poca voluntad de mejorar sus productos, de hacerlos más accesibles, de promover la cultura, de difundir músicos y autores, de (en fin) hacer una inversión de riesgo: permitir que se conozcan y apostar a que, en un futuro, esas mismas personas les compren, gracias a que pudieron conocer.

En Some kind of monster. Lars Ulrich luce como una empresa en sí mismo. En un tramo, se lo muestra durante los juicios al creador de Napster, en la defensa del dinero que siente perder por la difusión de su música, de la cual no obtiene ningún beneficio económico directo. En otro, decide subastar su pinacoteca personal, y recauda unos dos o cuatro millones de dólares, no recuerdo exactamente. Hambre, no tiene. Ni él, ni los otros dos históricos, ni Trujillo, que por ser elegido como bajista de Metallica durante el documental se liga un millón.

Hace rato que el negocio de la música pasa por los recitales (cada vez más inaccesibles, por cierto) y no por los CDs. Y hace rato que los escritores ganan más por sus apariciones públicas o sus trabajos en la prensa que por los derechos de autor derivados de sus ventas. Sin embargo, ambos gremios se aferran al monopolio de la difusión de sus obras de un modo un tanto necio. Lo notable es que quienes más querrían preservar cada centavo, los escritores desconocidos, los músicos under, suelen ser los más generosos en términos de intercambios de archivos digitales. Son los que se acomodaron, los que figuran de modo permanente, los que, a contrapelo de la sobreactuación de sus discursos progresistas en relación con la cultura, se aferran a cada centavo que sus creaciones puedan generar por vía directa o indirecta. Acaso sea la profesionalización del artista, causa y efecto de la definición del campo del arte como autónomo pero sometido a la vez a las leyes del campo de la economía (me comí un Bourdieu), la que produce estas paradojas morales.

Siempre hay, excepciones, claro. El gesto de Nine Inch Nails de subir un disco hi-fi gratis como agradecimiento por la fidelidad (The slip) para luego ofrecer, al que quisiera, la posibilidad de comprar una edición limitada que cualquier fan querría, no es sólo una movida inteligente de marketing (que otros podrían imitar). Es, también, el gesto de un artista confiado en que lo que tiene para dar es valioso, y que el público, algún público (quizás no el más masivo de todos) sabrá apreciarlo. Lo mismo pasó con los Radiohead y la movida con In Rainbows, cuyo valor económico sometieron al juicio de sus fans, y mal no les fue.

Quizás se pueda frenar. O quizás nos convenzan de que es una medida que protege al artista al garantizarle ingresos por su obra que de otro modo se escabullen, y finalmente terminemos indemnizando por las dudas al presidente de CAPIF, o a la Cámara del Libro. Habrá que seguir buscando modos de impedir que el acceso a libros y música (si quieren agreguen películas) sea restringido en nombre de la Cultura.

Abajo va una bonita info tomada de derechoaleer.org, para entender un poco la cosa. Y para ver lo que les pasa a los que, sin ánimo de lucro, ponen a disposición de otros archivos digitales, lean lo que le pasó al profesor Horacio Potel aquí.

Fuente: derechoaleer.org

New night over South America

Katatonia en The Roxy Live, 25.02.2011

El telón aún ocultaba el escenario cuando los intuimos tomando posiciones. Los había precedido un breve preludio ambient, algo que en otras bandas hubiera movido al desprecio de los die hard fans, las viejas guardias de módica tolerancia a los cambios. Pero Katatonia se ganó el derecho de experimentar sin merecer el ostracismo metálico que padecieron otros, acaso porque se lee en su derrotero una búsqueda genuina y no un ademán trendy.

Entonces estalló Day and then the shade, una de las más hermosas canciones de Night is the new day, y el single más reciente. El Roxy comenzó a levitar y no volvió a tocar el piso hasta que, una hora y media después, Jonas Renkse dijo thank you y goodbye por última vez.

Como aconseja el manual, la primera visita a un país requiere de un setlist abarcativo. Katatonia cumplió con ese mandamiento y presentó una selección exquisita, cubriendo los años más interesantes de la banda, aquellos que principiaron cuando los suecos comenzaron a abandonar el doom inicial para inaugurar progresivamente su propio género. Dado que escribo esto casi a una semana del show, mi memoria no es suficiente para citar el setlist completo y en orden, pero puedo recordar: Liberation (otra de mis favoritas, una de las headbanger de la noche), July, Leaders, Criminals, Ghost Of The Sun, For My Demons, Forsaker, Teargas, Idle Blood, Omerta (el toque filo folk nórdico de la noche), My Twin, Soil’s Song, Onward Into Battle, The Longest Year, Evidence, Saw You Drown y una especie de medley de los viejos tiempos con (aquí sí recurro a memorias ajenas) Murder y Without God, los únicos dos temas en los que Renkse nos recordó que hace muchos años gruñía frente al micrófono.

Como suele ocurrir con muchas bandas, y sobre todo con las que provienen del norte de Europa, dos cosas abrumaron a Renkse, Nyström, Eriksson, Sandin y Liljekvist: el calor (We come from Sweden, we’re used to thirty degrees below zero) y la casi mítica entrega de los fans argentinos. Los Katatonia arrancaron midiendo un poco a su público, pero terminaron entregados a la multitud de psicóticos capaces de tararear un solo de guitarra tras otro sin dejar de saltar. Es raro eso, para mí: siempre hay un costado egocéntrico en esa entrega (el mérito de ser los fans más cálidos del mundo) pero es innegable que, para bandas que vienen tocando hace años en los centros de Europa y Estados Unidos, una reacción tan fervorosa del público los conmueve.

Acaso a eso se hayan debido los bises extensos, los acompañamientos en bajo y batería al Olé, Olé, Olé, Ka-ta, to-nia, los permanentes agradecimientos de Renkse, el descenso de Eriksson al piso para mezclarse entre la gente.

Si bien tuve la impresión de que la guitarra de Nyström (y a veces la de Eriksson también) no sonaron todo lo claras que habría sido deseable, el sonido de Katatonia fue casi tan pulcro como me imaginaba. Párrafo aparte para Renkse, cuya increíble voz se reveló por una prescripción médica (varios años de gruñidos doom lo habían dejado al borde de abandonar la música), y para Liljekvist que (más allá de que el mal cálculo del sudor en las manos le hizo perder palillos varias veces a lo largo de la noche) es un baterista de puta madre en una banda que usa la batería de modo exquisito (¡sí, pude descifrar cómo toca algunas de mis partes favoritas!), y sin demasiado alarde.

Pasó una hora y media intensa, y Renkse nos dijo adiós, en línea con sus compañeros y dedicando al público un saludo interminable que sólo fue desapareciendo a medida que se cerraba el telón.

Hace tiempo que no disfrutaba así. Quizás fuera lo inesperado de que visitaran la Argentina. O tal vez fuera la confirmación de que dieron un show tan emotivo y redondo como me había imaginado. El punto es que la noche había descendido sobre Buenos Aires, y todos nos habíamos internado en ella con una felicidad infinita.

Arte del puñal

Alguna vez, X tuvo cierto poder.

Lo perdió a manos de alguien infinitamente más poderoso, mejor adaptado para la lucha de clases, que lo borró de una lista para inscribirlo en otra, acaso olisqueando el perfume del filo a sus espaldas. En general, los que son infinitamente más poderosos lo son porque tienen un agudo olfato y reflejos veloces.

X pasó a ser un astro menor, orbitando a una distancia irreductible del mundo que alguna vez había sentido su reino.

Como todo conspirador, X tenía algo de mesías. Acariciaba en secreto el sueño de su regreso, de su triunfal caminar sobre los cadáveres de quienes ni siquiera se intuían sus enemigos, tal vez porque X los fabricaba en soledad, unidireccionalmente y sin advertencias. Los enemigos, se sabe, no se hallan, sino que se construyen.

X recitó venenos, atisbando en los oídos sensibles la construcción de su retorno, o cuando menos la destrucción de quienes ahora ocupaban su lugar. El regreso de un rey requería del clamor popular, así que era menester la fragua de un movimiento de masas que luciese genuino.

El sueño de X se desvaneció en el perfume del olvido, que es lo que suele pervadirlo todo cuando los duelos terminan. Pero X nunca pudo resignarse a su muerte. Intentó todos los medios posibles para restaurar su imperio exquisito: despreció a sus sustitutos, cañoneó sus obras, maldijo a sus huestes. Nada de ello agitó las aguas lo suficiente.

Invocó, desesperado, a los infinitamente más poderosos, mendigando en susurros una grieta que lo devolviese a su trono. Pero los infinitamente más poderosos lo son porque tienen una cruel memoria y cierran las puertas con pesadas cadenas.

X intuyó, finalmente, que un regreso en persona era inviable. Decidió, entonces, pulir un filo ajeno: su aprendiz, aquel que jamás había dudado de su sabiduría, que siempre lo había venerado, sería su venganza.

Y así comenzó X a cabalgar los ánimos de su discípulo, instándolo desde el destierro a hacer su voluntad en el mundo que le fuera arrebatado.

El delfín anheló una venganza ajena con el ardor de quien se cobra una afrenta propia. Construyó un relato mítico sobre la Edad de Oro de ese mundo, los tiempos en los que X pisaba aquellas tierras. Fraguó alianzas que prometían restauraciones.

Clavó puñales perfumados.

Mordió manos nutricias.

Y ambicionó sembradíos generosos para su Amo.

Para aquel que nunca se resignó a su destino, y que aún sueña con volver, aunque más no sea a una tierra desierta y bañada en sangre.

El asedio

La concha de la lora, hay show.

La línea de Capusotto se me viene a la cabeza en el preciso instante en el que una bola de sonido cae sobre nosotros cual tsunami. Había visto el parlante al entrar, pero supuse que sólo implicaría música funcional. Error.

Flashback a las veintiuna horas del treinta y uno de diciembre de dos mil diez. El año, ya en estado terminal, nos recibe en El Histórico, un muy bonito y tradicional restaurante de Quilmes, territorio natal de mi mujer. Somos siete: mi cuñada y su pareja, mis padres, la abuela de Vero, la mismísima Vero, Gastón,(a.k.a. el Conejo de Duracell), y quien firma. Una vez ubicados ya nuestros respectivos  lugares, partimos todos con nuestros platos, babeantes, en busca de las delicias que hacen el papel de entradas del menú, Vero y yo turnándonos para perseguir a Gastón, que se activa en casi cualquier lugar público como si le administrásemos anfetaminas con speed.

Toda la primera parte de la cena (la que va desde las nueve de la noche hasta, aproximadamente, las diez), transcurre en un clima de reposado disfrute. Incluso la persecución de nuestro hijo, que insiste en recorrer trayectos más o menos circulares hasta que su perseguidor desiste, víctima de mareos, resulta menos intensa o, al menos, manejable.

Hasta que ocurre el primer ataque.

Alrededor de las diez, mientras miro fijamente el bocado que estoy por incorporar en mi organismo, mi vástago decide que, nuevamente, quiere caminar. Tan pronto lo depositamos en el piso inmaculado, tambalea simpáticamente hacia una especie de bonito salón de juegos, alentando en mí la esperanza de que el pelotero pueda retener su atención y encauzar su motricidad durante unos minutos. Me percato de mi error de juicio en el preciso instante en el que Gastón me gambetea en la puerta del pelotero, y es entonces cuando percibo que la música incidental que había fondeado la cena hasta entonces, otrora más leve, había adquirido un mayor peso sonoro, por decirlo de alguna manera, además de que la voz del cantante se había tornado, de un modo sutil pero discernible, algo amateur.

Al retornar al salón principal corriendo detrás de mi hijo, descubro la causa de la alteración sónica: una pareja de cantantes había decidido agasajarnos con sus voces privilegiadas. La pareja resultaba, a la vista, la combinación de los dobles de riesgo de Leo García y la negra de las Blancanblús, pero con un repertorio pletórico de Montaneres, Chichis Peraltas y Bombones Asesinos.

Aquella primera incursión, que duró unas cinco canciones, presagió lo que ocurriría minutos antes de medianoche.

La segunda vez, fue la definitiva. Reaparecieron los cantantes para guiarnos en la cuenta regresiva. Y a las doce, todo estalló. Una sucesión de ritmos latinos y música disco modelo 1980  a 100 decibeles invadió el restaurante, y provocó el éxodo de varias familias presentes, incluida la nuestra. Sin embargo, la gran mayoría de los asistentes fueron presa del ritmo.

Surgen, entonces, los interrogantes, casi de orden metafísico. ¿Es uno un sujeto miserable de espíritu por no comulgar con el ritual de la cena-show? ¿Qué hace que un ser humano abandone su mesa como disparado por un resorte y, las fauces aún teñidas de mácula alimenticia, se entregue a un ritual de epilepsia musicalizada con absoluto éxtasis? No hay respuesta para ello, salvo el reconocimiento de la diferencia irreconciliable entre ciertos especímenes de la raza humana (los danzantes) y ciertos otros (los momificados).

Pero no es ése el asunto más interesante para la reflexión en estas líneas. Es más bien otro, el referido a una especie particular de trabajador cuya existencia combina pretensión de glamour con resignación de proletario: el cantante de restoranes. He ahí un sujeto laboral tupacamarizado por el hambre de estrellato, propia del artista, y por el hambre lisa y llana, propia del pelagatos.

El cantante de restorán aspira a convertir cualquier fonda en un Luna Park , y es con esa actitud con la que enfrenta a sus involuntarios espectadores. Principia saludando al auditorio con un entusiasmo anfetamínico, propio de quien emociona multitudes pero, sabedor íntimo de su carencia de lustre, apela a cualquier roce (real o imaginario) con la fama y los famosos reales para doblegar el clásico desinterés alimenticio de los espectadores de restorán; los más avezados, refuerzan el efecto por medio de un presentador que tercerice en el discurso los logros que le aseguren una predisposición favorable del público: líneas como “… y ahora los dejo con el ganador del concurso del programa de Marcelo Tinelli…” o “… con ustedes, el alumno favorito de la academia de Valeria Lynch…” marcan el registro clásico de este dispositivo de legitimación.

El cantante de restorán trata de establecer con su público la misma clase de interacción que Mick Jagger tiene con el suyo, pero con un vuelo algo más gallináceo. De todos modos, en la alta apuesta del cantante de restorán está la explicación de su frecuente éxito en la agitación de las masas engullidoras.

Un problema frecuente es el del repertorio. No para el cantante, sino para una ínfima fracción del auditorio entre la que me cuento, gente con gustos poco (o nada) compartidos por el Gran Público. El cantante sabe que ciertos intérpretes, ciertas canciones, determinados tonos, son el mínimo común denominador de la música. Son como patear un penal sin arquero, un éxito seguro: ritmos latinos (denominación que engloba desde Ricardo Montaner hasta Daddy Yankee, pasando por el Puma Rodríguez) y los hits de moda (ejemplos: El meneaito, You know I want you/I know you want me, Pa-panamericano, y otras composiciones de tenor similar y durabilidad ídem). Como multitarget de estas categorías, Diego Torres es un must.

El otro detalle, levemente alarmante, de estos cantantes es que suelen perder de vista cuál es la función principal de un restorán: comer. En algún punto del camino, una vez desactivados los frenos del pudor y el sentido de realidad, estos trabajadores del espectáculo se suponen el motivo de convocatoria, y deciden extender su presentación hasta ser invitados a retirarse por la gerencia del local: bises, interacción demagógica con el público, interminables discursos de agradecimiento por la buena onda: cualquier recurso es bueno para permanecer unos minutos más en el inexistente escenario.

Resulta conmovedor, en algún punto, que la misma pretensión de divismo que les permite movilizar una masa de comensales y convertirlos exitosamente en zombies danzantes los retrate con cierto patetismo, construyendo una leyenda de fama que choca frontalmente con la seca realidad diaria de su modesto anonimato. Pero bueno, en el showbiz, como en todas partes, hay peces grandes y peces chicos.

Y no todo el mundo nació para ser tiburón. ¿No?

Diva (I)

—No doy más, chicos. Anoche estuve hasta las tres con unos amigos que vinieron de México, hablamos de todo, arrancamos con la industria del libro y terminamos en Tom Jobim. Mi amigo Alexis, el que trabaja en la editorial, el amigo de Carlos Fuentes, me contaba que la industria del libro allá está complicada, y yo le decía que se viniera a trabajar con nosotros unos meses, si quería saber lo que era la decadencia. Dice que el oficio de editor allá está en extinción, que son cada vez más pibes analfabetos funcionales que ponen a cortar texto, y que es muy frustrante. Imagínense que son pendejos que no vieron un libro en su vida, decidiendo sobre criterios de colección, aconsejando autores… y todo con la impunidad feliz del ignorante. Yo le decía, a mí me temblaban las patitas cuando en otro laburo le tuve que sugerir unos cambios a Piglia porque era medio embole la novela, y estos chiquitos se sientan frente a un García Márquez y le piden que escriba algo que venda. Ahí sale mi otro amigo, Cuauhtémoc, el amigo de Juancito Villoro, y me dice Linda, es que vos tenías con qué sugerirle cambios a Piglia, con semejante talento, Cuauhtémoc es como medio fan mío, además él me vio actuar varias veces, así que no sólo me conoce como editora, se acuerda de la obra ésa que hice, a la que me fueron a ver Julito Chávez y la Villamil, unos divinos, sobre todo Sole, que me dijo que le hubiera gustado tener mi voz para lo de los tangos. Bueno, Cuauhtémoc me decía eso, que había que tener con qué, pero que en la industria editorial cada vez menos gente tenía con qué, yo le ponía mi ejemplo, de cómo había visto ascender a tanto pelotudo a manija y a mí me seguían teniendo con salario de junior pero con responsabilidades de directora editorial. Creo que salvo mi amigo, el que se fue a laburar a Siruela, no conozco a uno que haya ascendido por capacidad. Pero no importa, chicos, yo sigo trabajando, la cosa es que tengo que pagar el alquiler, igual estoy pensando en apostar más en serio a la actuación, no sé si ya les había dicho que el viernes estreno en El Vitral, una puesta de Rubencito Szuchmacher de Un enemigo del pueblo, espero verlos por ahí, va todo el mundo, Pablito Echarri y Nancy, los Pauls, Alcón, Luis Machín, creo que Julito iba, también… Hasta le avisé a Betty Sarlo, pero creo que presentaba un libro, así que me dijo que le dolía en el alma no poder ver a la mejor Señora Stockmann del teatro argentino. Y bueno, chicos, esto es así, ahora tengo que ponerme con esa antología de mierda para matar el hambre, los dejo para que arranquen el día en esta maravillosa empresa de productos culturales. ¿Alguno de ustedes va para el centro, a la salida?

Maestre (I)

Bajó del colectivo con un movimiento seguro, producto de la práctica obligada, y comenzó a caminar las cuadras que lo separaban de la editorial con un andar señorial, levemente inadecuado en virtud de su condición de senior malpago. Pero nunca fue una cuestión de guita: lo que lo animaba era el orgullo secreto de los constructores de catedrales, de quienes sabían que su amoroso trabajo, por acotado que fuera, formaba parte de una obra monumental.

Andrés tuvo un maestro. Cuando empezó, unos quince años atrás. Livio Fuseli, se llamaba; un Editor de la Vieja Escuela, sujeto refinado, lector agudo, erudito múltiple y ególatra mezquino. Fuseli poseía algo parecido a un don, una especie de conocimiento intuitivo de las miles de formas de manipular contenidos en todo terreno: medicina, policiales, matemática, astrología, literatura, ingeniería, hípicas, tejido. El Viejo abordaba la edición de cualquier material con la impostura del experto y la eficacia del mercenario. Había, en su práctica, un leve aroma a cinismo, que sepultaba bajo el perfume de un discurso romántico acerca del carácter artesanal de su oficio. Eso era lo que, como a casi todos los que conocieron a Fuseli, había convertido a Andrés en un fan irreductible.

Levantaba menos el pie derecho al andar. La suela estaba un poco despegada, y sentía la necesidad de mantener dominado todo signo de debilidad: la editorial era un ámbito bastante feroz, y no se podía dar ventaja. Sintió una brisa extraña a la altura del abdomen, y bajó la vista. La camisa amarilla se le había desabrochado, el mismo botón de siempre, puta madre, esta panza de mierda. El cuerpo de Andrés había engordado con una lógica propia, concentrando casi todo en la exacta mitad de su metro sesenta y ocho. Se abrochó el botón con el fastidio de quien pone en su lugar a un niño impertinente.

Inspiró profundamente cuando se acercó a la reja, como quien junta fuerzas, y tocó el botón del portero eléctrico. Se dijo, como cada mañana, que lo importante eran los libros, que él estaba haciendo los mejores libros que se podían hacer. Seguramente sus jefes, analfabetos funcionales extrapolados de la industria del caucho, no sabrían apreciarlo. Tampoco debía esperar mucho de sus colegas, mayormente universitarios de medio pelo, que carecían de su rigor profesional. Había mucha envidia entre sus compañeros, y Andrés lo sabía por sus contactos en otras editoriales, los mismos contactos que le habían anticipado la venta de la editorial unos años atrás, así que solía recurrir a ellos para saber cómo estaban las cosas adentro, más allá de las apariencias.

Fue sacando la tarjeta para fichar mientras recorría los pasos que lo separaban de la puerta de vidrio. Apoyó la tarjeta en el lector y esperó el zumbido de la cerradura antes de empujar la puerta y pensar, con la misma sonrisa de todas las mañanas instalada en la boca, que era el mejor de los suyos, el último de una exquisita casta de hacedores de libros.

El Tutú es con nosotros

Adiós a Vlad

RIP Peter Steele. 1962 - 2010.

Peter Steele ha muerto.

La gacetilla de Roadrunner Records dice “Remembering Peter Steele. 1962 – 2010″. Se impone dudar: es el mismo tipo que falsificó un disco en vivo (esto es: grabó en estudio y agregó audio de público y hasta simuló un principio de desalojo por amenaza de bomba). Y es el mismo que se había dado por muerto en el sitio oficial de la banda hace cinco años. Como en el caso de Andy Kaufman, resulta difícil creerle a los mentirosos profesionales, incluso cuando se mueren de verdad.

Peter Steele era el frontman (cantante, bajista, compositor y cara) de Type O Negative, una de las bandas más inteligentes que ha dado el subgénero del metal gótico. Buena parte de ello se debió al acre sentido del humor de Steele, un gigante adusto que cantaba con la misma naturalidad acerca de una mujer que ansiaba la carne del Hijo de Dios (Christian Woman) que acerca de una defectuosa operación de cambio de sexo que deja al protagonista con un pedacito de carne que no es ni pene ni vagina (Angry Inch). Y todo resultaba tan coherente, dentro del mismo proyecto musical.

Steele supo apoyarse en sus conflictos internos para construir un personaje público torturado, pesimista y sarcástico, displicente hacia el efecto que su calculada imagen ejercía sobre el afuera pero preocupado hasta el detalle por la consistencia de Type O Negative en todas sus esferas (música, imagen, shows y leyendas). Transitó una relación tormentosa con la cocaína que adquirió visibilidad en White Slavery, el primer tema de World Coming Down (1999) y que lo tuvo fuera de escena también antes de la grabación de Dead Again (2007).

Al gran Pete le falló el corazón. Nos deja un puñado de grandes discos, buenos videos y un sentido del humor patrimonio de quienes nunca se toman a sí mismos demasiado en serio.

Farewell, Green Jolly Giant

Manual de clichés (5)

Henos nuevamente aquí, estimado lector, intentando echar luz en el mundo social y brindándole las herramientas de supervivencia que todo camaleón envidiaría si tuviera psiquis suficiente para consituir su yo. Le rogamos haga buen uso de ellas.

CLICHÉ 5: LA PERSONALIDAD DE LA CULTURA
¡Ah, qué gran felicidad siente quien reúne en sí el prestigio de Dostoievski con la popularidad de Marquitos Di Palma! Seguramente, caro leedor, la tirria lo carcome al observar la veneración que despierta esta clase de figuras que, con suerte levemente dispar, aspiran a ser reconocidos como la cría intelectoemocional de Nietzsche y Jorge Corona. Deje ya de revolverse en su sillón y anímese a usurpar un lugar en la trinchera de la Cultura.
• Sea popular. A ver si somos claros: una verdadera Personalidad de la Cultura es, por definición, Líder de Masas, Faro de Multitudes, Mesías de Movimientos; en caso contrario, apenas si es un intelectual o un artista. Si usted quiere ser una cabal Personalidad de la Cultura, debe necesariamente zambullirse en el Campo Nacional y Popular, pero sin disimular por ello su evidente superioridad moral, su preclaro razonamiento y su hablar alambicado, porque está todo bien con las Masas, pero tampoco es cuestión de no destacarse.
Para perpetrar esta simulación con fines de sojuzgamiento, proponemos algunas técnicas.
a) Usurpación de registro discursivo. Saqueo indiscriminado del léxico popular en busca de expresiones que permitan ganar el favor de las Masas haciéndoles creer que Ud. habla el mismo lenguaje que ellas.
b) Trabajo de campo. Safari sociológico a estadios de fútbol, puestos de comida callejera, trenes atestados sin ventanillas, obras en construcción, etcétera, a fin de registrar el funcionamiento del Pueblo en su hábitat natural.
c) Seducción. Lisonja flagrante de los gustos, valores y conductas populares, tendiente a fraguar una identificación de las Masas con Su Persona por medio de una empatía sin fisuras tan entusiasta como impostada.
Como lo que abunda no daña, sospechamos que, para una mayor efectividad, la combinación de las tres técnicas arriba descriptas redundará en un abrazo sincero y profundo entre el Pueblo y Ud. De este modo, por ejemplo, podría Ud. conducir un programa para canal Encuentro sobre Heidegger en un local de Ugi’s en hora pico intercalando expresiones como gato, cobani y pancho, mencionando a intervalos regulares que sus postulados sobre el Dasein se ven empequeñecidos frente a la reflexión metafísica implícita en las letras de la murga Los vagonetas de Recoleta, y declamando sin cesar que, si, no fuera porque es Ud. Doctor en Filosofía de la Université de Paris IV (la Sorbonne, que le dicen), ni en pedo se pasaría un sábado a la noche deglutiendo El ser y la nada en vez de darse una vuelta por Metrópolis bailable, justo hoy que tocan los SupermerK2 y hay Jarra Loca libre.
• Véndase por lo que cree que vale. Todo aspirante a Faro de la Cultura tiene el deber moral de ocupar el lugar que cree que la Historia le tiene reservado, aun cuando la diosa Fortuna lo haya privado de talento alguno que justifique semejante autoestima. De hecho, es menester gambetear defectos de burgués neurótico como la modestia o la autocrítica. Poco importa, en verdad, que sea Ud. autor de La dominación masculina o de Cuántas minas que tengo: en el lodo de la Cultura, todos medimos lo mismo, porque lo que iguala es el ademán de valía. Indígnese ante la falta de adulación de un entrevistador, rechace ofertas laborales (recitales por el 25 de mayo en Plaza de ídem, programas sobre Materialismo Histórico en canales de cable) por un cachet inferior al de Pablo Echarri, auséntese de mesas redondas en las que su nombre no sea el más grande en la marquesina, y, sobre todo, exija que se lo consulte sobre los Grandes Temas de la realidad nacional. Ya verá cómo lo nombran Ciudadano Ilustre en breve.
• Póngale el cuerpo a las causas justas. Un atributo deseable en toda Personalidad de la Cultura es la sensibilidad social. Un Mesías de Movimientos no elude la participación en la vida política de su país; muy por el contrario, se conmueve hasta las lágrimas con las causas que toda alma sensible en ejercicio debe apoyar, y se juega la vida por ellas mediante una batería de ponencias en librerías-boutique, adhesiones a solicitadas, funciones teatrales dedicadas, cartas de lectores, declaraciones por celular en móviles radiales, recitales solidarios con cachet reducido y apoyos televisivos a los reprimidos durante una manifestación a la que Ud. no pudo asistir porque justo tenía que participar en un programa acerca de La Cultura y su papel decisivo en la lucha contra la opresión.
• Haga migas con gente como usted. Las Personalidades de la Cultura se huelen entre sí. No literalmente, como pasa con los perros, sino en un sentido más elevado. Un Titán de las Artes y el Pensamiento debe ejercitar el roce con los de su especie tanto como le sea posible, a fin de reforzar su propia identidad en el espejo de sus iguales, y de robar algunas ideas, si la situación lo permitiera. Para ello, es menester frecuentar los ámbitos y eventos que suelen convocar como imán a los Faros de Multitudes: mesas redondas; paneles en programas de cable; bares top de Recoleta; bares antiguos de Boedo y de Monserrat; actos oficiales del Ministerio de Educación o de la Secretaría de Cultura… Lo importante es departir con sus pares, bucear en las aguas profundas del Pensamiento, corretear por las praderas del Arte, refrescarse con la propia Magnificencia y remarcar lo buena, sensible y talentosa que es la gente de su estirpe. Y si hay chance de pegar algún currito (una asesoría, un recital oficial, alguna beca de investigación, un programita de cable, una subsecretaría o la dirección de una biblioteca de barrio), mejor, porque ¿qué mejor para la sociedad que cualquier aporte que un Coloso de la Creación y las Ideas pueda regalarle?

Ahora sí, querido lector, cuenta Ud. con las herramientas básicas imprescindibles para convertirse en una Personalidad de la Cultura. Tanto el bronce como los pedidos de autógrafos lo aguardan a la vuelta de la esquina, así que no diga que no le avisamos.

Será hasta nuestra próxima entrega, con más tips para convertirse en cualquier cosa que desee.

Bondades

La bondad tiene cierta cualidad escurridiza, algo del orden de la invocación. En algún punto, parece haber cierta confianza en la performatividad de afirmaciones tales como yo soy bueno. Es decir, parece suficiente con enunciar la creencia (siempre y cuando no dudemos de la buena fe de tal afirmación) de que somos buenos para que lo seamos efectivamente.

El destino (más o menos amargo y cruel) suele ponernos en la vía de personas que pretenden desleer la condición miserable que se desprende de sus actos por medio de una letanía discursiva que afirma su propia beatitud. En general, estos sujetos portan algo parecido a una psicopatía, y suelen perpetrar maldades por el bien de otros. En este sentido, el matiz del discurso paternal es uno de los que suelen primar en las argumentaciones que esgrimen en su defensa. Hacen tal o cual cosa porque uno todavía tiene que aprender, nos perjudican en tal o cual sentido porque sintieron que eso era lo mejor para uno, nos impusieron determinadas obligaciones porque nos querían, und so weiter. Cualquier análisis más o menos desapasionado de las condiciones objetivas respecto de las cuales suelen afirmarse tales cosas, arroja casi indefectiblemente un diagnóstico contrario: no hay tal generosidad, ni tal desinterés, ni tal desprendimiento. Más bien suele haber especulación, envidia, egoísmo, soberbia e, incluso, la flagrante intención de causar algún daño sin asumir los costos morales que acarrea.

Nietszche solía fustigar al Cristianismo porque detestaba la afirmación esencial de bondad de los cristianos, en la cual leía más bien un servilismo resentido y la necesidad de vender por nobleza lo que no era más que una especie de neurosis oscilante entre la renuncia a los propios deseos y pulsiones y la factura que se le pasaba al resto del mundo por no incurrir en el mismo sacrificio.

Tal vez el viejo Friedrich debería haber conocido a algunas personas con las que nos hemos cruzado en nuestras vidas. Seguramente se admiraría de cómo han perfeccionado el método cristiano: han logrado ser buenos pero sin renunciar a la maldad.

Gastón descubre al elefante

Apenas si tengo unos minutos antes de que despierte nuevamente. Casi no recuerdo cómo era esto de escribir. Sin embargo, mientras sus padres progresivamente van olvidando todo aquello que sabían hacer, Gastón aprende cosas más o menos permanentemente. Registré algunos segundos de su tierna (dentro de lo que la ausencia de motricidad fina le permite) relación con su juguete favorito. De golpe, lo vio.

Y ahí anda, perpetrando descubrimientos.

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La segunda

Siwa 2 es un hecho. En verdad, salió hace un par de meses o poco más, pero vamos observando los efectos colaterales. Algunos sujetos matan las horas leyéndola, y luego la reseñan.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3571-2009-10-11.html

Uno de estos días, se presenta ante multitudes. Aguanten.

Die Vergangenheit

El ocio despierta apetitos más o menos peligrosos. Uno de ellos es el saber acerca de.

Hay algo malsano aunque ineludible en rastrear el presente de quienes fueron nuestro pasado. Googlear nombres. Chequear resultados. Y comparar. ¿Cómo les fue en la vida desde que dejamos de vernos?

A cierta edad, uno necesita que a esos otros les haya ido más o menos como a uno. No siempre pasa. Y ahí hay que manotear los antidepresivos.

Por ejemplo: un tipo que uno conoció cursando en la FADU aparece ahora como un exitoso empresario, sus trabajos de motion graphics se ven en VH1 y MTV, ostenta algunos premios internacionales, y recluta gente para su oficina de Buenos Aires (parece que la de Miami ya está completa). Vaya.

Casos de ésos, el aciago día en que decidí consagrarme a esta exploración, encontré varios. Por supuesto, esto conduce a innumerables reflexiones en torno de la tonicidad de las propias piernas para trepar los peldaños de la empinada escalera social.

Vero dice que uno tiene que hacerse cargo de las propias elecciones, y de los precios que uno está o no está dispuesto a pagar. Me pregunto, entonces, si me bancaría volver a trabajar en una agencia sólo porque ahí se mueve casi tanta guita como en el narcotráfico. Se labura sin horario. Hay mucho cliché (bueno, la clase de cliché que a uno no le genera ni siquiera ternura), como el del creativo corporate (ropa deportiva de los concept stores de Nike, &cetera) y el ejecutivo de cuentas loosen (traje filoarmani). Hay mucha reflexión, también, acerca de la polisemia de un comercial de salchichas, acaso porque ahí se demuestra que se oteó la economía del signo de Baudrillard en la facu.

No, no me lo bancaría.

Entre mis colegas hay mucho émigré, presencial y remoto. Barcelona, Madrid, Roma, Berlín, Londres, rankean bien entre los primeros. Santiago, México DF y Miami (la favorita), entre los segundos. La partida o el roce internacional (Europa y Estados Unidos) son casi imprescindibles para el éxito. Casi nunca es al revés. No conozco muchos europeos o norteamericanos que consideren un avance profesional mudarse a Buenos Aires. La relación debe ser asimétrica. Realismo periférico, que le dicen.

Yo tampoco soy el tipo que era. No me veía trabajando de esto (la vaguedad obedece a la imposibilidad de una denotación satisfactoria). No me imaginaba con Vero, con Gastón. No me suponía estudiando batería, aunque más no fuera como medida terapéutica, sin visos utilitarios y de proyección internacional. No creía que me autopublicaría en este espacio, cuando menos más visible que mis viejos cuadernos grunge. Y de a ratos se me ocurre pensar, siquiera como precario consuelo, que quizás haya ahí fuera algunas personas tratando de saber qué fue de mí desde que dejamos de vernos.

Por ahí se sorprenden.

Und endlich kam das Kind

P8170032

Se precipitó.

Digo: él (Gastón) se/nos precipitó, gambeteando pronósticos.

Acaso guiado por su pequeña gran voluntad, eligió el día que parecía menos oportuno: la obstetra de Vero había viajado a Roma, y no volvería hasta septiembre; la partera oficial se iba a ausentar de la ciudad sólo ese día en el mes; apenas si habíamos tenido una consulta con la nueva obstetra; era el cumpleaños de su abuela paterna; sería el cumpleaños de su abuelo materno; Vero no había tenido una sola contracción; era un día de invierno con treinta grados de temperatura.

Quiso ser de Leo, pensamos. Quiso tener la nariz y la boca de su madre, y los cachetes y la pera de su padre. Quiso medir cuarenta y siete centímetros, sostener aceptablemente la cabeza a los dos días de vida, y mirar todo con unos grandes ojos que por ahora parecen grises.

Qué pendejo bravo.

PD 1: ah, la sinopsis del sábado quince. Vero comenzó con pérdidas, nos levantamos temprano, aguardamos un tiempo prudencial, llamó a la partera, aguardamos otro tiempo prudencial, las pérdidas aumentaron, llamó a la partera, nos enviaron a la guardia de la Trinidad (hay gente que quiere accidentarse sólo para pasar un rato ahí; yo no los entiendo, aunque el lugar es bonito), nos atendió una burócrata, nos hizo esperar, Vero dejaba un rastro de líquido amniótico a su paso, nos llamaron a consultorio, nos atendió el doctor Najún (que se parecía a Berti Damonte), revisó a Vero y resolvió con amable sequedad que nos quedábamos, nos mandaron a un box de la guardia, a Vero le dieron una bata, le hicieron un monitoreo, Gastón latía como un condenado, nos tranquilizamos, (des)esperamos por la partera, vinieron mis viejos, llamó Romina, yo caminé cinco kilómetros en un cuarto de dos por dos, llegó la partera, tramitó la habitación de preparto, llegó la silla de ruedas para Vero (parecía Stephen Hawking), se la llevaron, la seguí a Preparto, la partera la revisó, Gastón estaba a la altura del esternón, Vero desconocía lo que era tener una contracción, vino Belén (la nueva obstetra), cerré los ojos para pestañear y cuando los abrí se estaba llevando a Vero al quirófano, era cesárea sin inducción, corrí al vestuario, me vestí de helado de sambayón con pies de pistaccio, aguardé en un cubículo de uno por uno, me vinieron a buscar, me lavé las manos, me puse el barbijo, me llevaron al quirófano, Vero estaba en la mesa de operaciones, por el costadito-pegado a la pared-hasta el fondo, me senté detrás de Vero para ver el teatro de títeres de los cirujanos, Belén me dijo que ya casi estaba, el anestesista apretó el abdomen de Vero como si fuera un enorme grano, se bajó el telón azul, magia, los profesionales de la salud extrajeron a Gastón del interior de su madre (el anestesista dijo que tiene unas grandes bolas), le cortaron el cordón y lo pusieron encima de Vero, nos emocionamos, el neonatólogo capturó a Gastón y me invitó a seguirlo, me llevaron al laboratorio de Viktor Frankenstein, pusieron a Gastón en una ensaladera, le efectuaron la clase de pruebas que los extraterrestres infligen a los abducidos, lo bañaron, lo envolvieron cual canelón y me lo entregaron, me hicieron firmar papeles importantes, le hicieron imprimir sus piecitos en unos papeles, me invitaron a volver al quirófano con Gastón en brazos, por el costadito-pegado a la pared-hasta el fondo, me senté detrás de Vero, le pusieron a Gastón en el pecho mientras le pasaban una Ultracomb pot el abdomen, nos emocionamos, me invitaron a retirarme, volví al vestuario, recuperé mi ropa y los tres bolsos que llevaba encima, salí y me encontré con mis viejos y con Romi, les conté todo esto, corrí al ascensor, tercer piso, habitación 374, uy tenía que esperarla a Vero en la puerta de Preparto, bajé corriendo, esperé, la trajeron en la camilla con Gastón adherido cual sanguijuela, subimos a la habitación y nos preparamos psicológicamente para recibir innumerables visitas y para comenzar nuestra nueva vida.

PD2: el link para ver algunas fotos más. http://picasaweb.google.com/LucasFronteraSchaellibaum/LlegaGaston?feat=directlink

Obsesiones

Alguna vez incurrí en una agencia de publicidad. Un ejecutivo de cuentas, disparado por una charla acerca de las manías, me confesó su irrebatible sensación de que caminaba en falsa escuadra. El inequitativo desgaste que adivinaba en las suelas de sus zapatos lo perseguía como el latido de “El corazón delator”.

Recordé aquella historia hace poco, durante una improvisada tertulia entre diseñadores acerca de las obsesiones aunque, en este caso, el sesgo común era el origen profesional de las compulsiones expuestas.

E., por caso, siente la irrefrenable necesidad de corregir las publicidades de vía pública, tentación a la que imaginariamente cede casi todo el tiempo. El nivel de detalle de la alucinación resulta tan minucioso, que puede visualizarse a sí misma realizando las operaciones que, Mac mediante, corregirían el desorden verificado. Menú>Object>Align. Click.

M. se descubrió sancionado por una mirada ajena cuando, al poner los productos de su compra en la cinta de la caja, se tomaba el tiempo de combinar los colores y las formas en un Tetris supermercadista, inadmisible para alguien que no hubiese sufrido los rigores de la formación en diseño.

De todos modos, los vicios profesionales sólo pueden explicar algunas de estas anomalías del comportamiento. Muchas otras, la mayoría, no pueden ampararse bajo la rigidez de alguna instrucción técnica, terciaria o universitaria, y terminan cayendo en las desoladas tierras de la psicopatología.

Ninguna lectura de Barthes explica que una doctora en Letras se aplique rigurosamente a masticar los alimentos en la misma proporción del lado izquierdo y del lado derecho de la boca. Fuera de la medicina, no hay mucho rigor profesional en el amasado parejo y la salivación generosa del bolo alimenticio.

Parece haber algo tranversal en las obsesiones. Hay una necesidad de organizar el propio mundo que se aplica a las tareas menos significativas con una determinación inexorable, más propia de lo biológico que de lo psicológico, e implica cierta sobreestimación del sujeto actuante, en tanto se pretende como una especie de agente represivo del caos que parece coordinar las relaciones en el universo.

Hace poco soñé con Gastón, mi hijo-aún-inquilino-de-su-madre. Soñé que estaba desnudo, panza arriba, jugando, y que se cagaba. Vero le contó mi sueño a su terapeuta (un saludo desde estas páginas), quien le manifestó, abatido por la risa, que se trataba de un sueño de manual, localizable bajo la letra O, de Obsesivo. El control de esfínteres se asocia con las personalidades que necesitan tener todo bajo el imperio de sus designios, de sus obsesiones.

Así que conoce una de mis cualidades más representativas.

Y eso que no vio mi biblioteca.

Politik

Hoy se vota.

Desde las carteleras públicas (el único medio que, en la veda, no logra impedir el proselitismo), los más diversos candidatos nos tientan con retóricas de cambio, mágico concepto capaz resumir en sí todo lo bueno que la humanidad podría hacer si los votara.

Incluso quienes están de turno en el poder (nacional, provincial, municipal) recurren a la idea del cambio, en todo caso para cimentar su propia permanencia al adosarle la noción de profundización. Y así desembocamos en una paradoja inversa a la de Il Gattopardo, la paradoja de todo oficialismo: que nada cambie para que todo siga cambiando.

Quienes no están en el poder, también nos invitan al cambio. Debemos cambiar a los otros (los que ya están) por ellos, por lo nuevo. De nuevo hay poco, quizás porque la ósmosis interpartidaria ha esparcido las mismas mecánicas esclerotizantes en todas o casi todas las fuerzas. El Museo de Grandes Novedades del que hablaba Cazuza en O Tempo Não Pára.

Un clásico desde hace unos quince a veinte años es la afirmación de que hay desinterés por la política. Dependiendo de quién sea el emisor, la sentencia adquiere un matiz condenartorio o indulgente.

Las personalidades de la cultura (categoría polimorfa que agrupa filósofos, productores televisivos, actores, relatores de fútbol, directores de bibliotecas, periodistas, académicos de Puán y de Marcelo T., y cómicos de Tinelli, entre otras cosas) suelen condenar la falta de militancia, el no ponerle el cuerpo a la cosa política. De la observación de sus conductas parece surgir que para ponerle el cuerpo a la cosa política alcanza con hacer declaraciones heroicas a favor del Bien y en contra del Mal (cámbiese la polaridad por el caso particular que corresponda: Oligarquía-Pueblo, Socialismo-Capitalismo, Nacionalismo Popular-Cipayismo Vendepatria, etcétera).

Del lado indulgente, los periodistas fundamentan su lugar de justicieros de oficio resaltando las miserias de la clase política que explican el desencanto popular. Sus propias miserias, como corresponde, quedan bien tapadas bajo las alfombras de las redacciones y las oficinas de producción.

Y las oposiciones se apoyan en ese desencanto para proponerse como alternativa, cosa difícil si consideramos que, en términos generales, casi todos tienen alguna filiación vergonzante que ocultar. Un árbol genealógico escrupuloso seguramente los situaría en alguna rama compartida con los mismos sujetos a los que sindican como responsables de la pérdida de interés del pueblo por la res publica.

No parece haber mucho margen para el optimismo. Hasta tal punto casi todo parece infectado que hay que ir con barbijo y guantes de látex a votar, y ya no se sabe si tiene que ver con la influenza porcina o con el estado de putrefacción del sistema partidario argentino.

De todos modos, como siempre, prefiero que nos sigan preguntando a quiénes queremos que nos representen. Así, por lo menos, nos veremos obligados a hacernos cargo de nuestras elecciones.

PD: a propósito de políticas, votos e ideas, van abajo unos muy interesantes links de Los Trabajos Prácticos que merecen ser leídos.

http://www.bonk.com.ar/tp/daily/1406/almabellismo

http://www.bonk.com.ar/tp/daily/1407/gano-kirchner

http://www.bonk.com.ar/tp/daily/1408/el-voto-de-izquierda-explicado-a-los-ninos

Y el gran experimento LTP, la invención de un polemista. Aquí debajo va el proceso completo. Lean y disfruten.

http://www.bonk.com.ar/tp/daily/1338/marcelo-fishbein-abran-las-carceles

http://www.bonk.com.ar/tp/daily/1349/fishbein-resentido

http://www.bonk.com.ar/tp/daily/1386/fishbein-vs-el-golem

http://www.bonk.com.ar/tp/daily/1409/fishbein-cest-moi

Ah, y unas reflexiones de Tomás Abraham, bastante sabrosas.

http://tomabra.wordpress.com/2009/06/27/reflexiones-sobre-las-elecciones-de-manana-perfil-276/

Del delicioso sabor de lo diminuto

Espiritu pequeno

Hay familiaridades encantadoras. Y familias terribles.

Entre las primeras se cuenta la circunstancia de encontrarse con amigos en una situación  asimétrica. Es decir, distinta de lo cotidiano, de lo que suele sustentar la amistad en términos generales. Ser público en espectáculos de amigos siempre genera algún extrañamiento. El escenario muestra una faceta de los amigos que se sustenta en la distancia entre espectador y protagonista. ¿Era Brecht el que hablaba de distancias?

Entre las segundas, se cuenta la levemente monstruosa famlia que protagoniza “Espíritu pequeño”, incluidos sus satélites (una fiel servidumbre, heredera de las castas de mayordomos que desbordan la literatura inglesa del siglo XIX y parte del XX) y otros astros circundantes (uniformados, médiums, aprendices de Florence Nightingale).

Las dos tienen algo de fascinante, y cada tanto colisionan. Para más datos, los domingos a las 20, en El camarín de las musas. Sean bienvenidos.

http://espiritupequeno.blogspot.com/

Gastoncito’s back

Bueno, lo vimos de nuevo.

Ya está más grande, y cedemos a la tentación de adivinar de quién hereda cada rasgo (nuestro nivel de neurosis es elevado, ¿verdad?). Faltan unos dos meses, y se hace eterno.

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Houdinis

Hubo Cassandras, pero nadie les creyó. Y entonces, en algún momento, ellos desaparecen.

Los pasillos se vacían. Las caras son cada vez más breves, la pregnancia facial se diluye, todos se vuelven intercambiables. Acaso sea eso lo deseable. Se apuesta a las largas filas de desesperados, la carne de ordalía. Ésos soportarían cualquier trato a cambio del privilegio de formar parte de la prestigiosa Organización.

Es una cuestión de gratitud. Los otros, los malagradecidos, los soberbios que creen que son algo per se, los que no entienden cuánto le deben a la Organización, más tarde o más temprano tendrán la opción de hierro. La conversión o el ostracismo. O quizás ya carecen de opción, acaso su destino ya esté sellado. La ingratitud se huele desde ciertos despachos.

Es una cuestión de lealtad. Los que creen que tienen derecho a debilitar la Organización con sus críticas, con sus quejas, no saben lo que es ser leal. Sí lo saben los que fueron bendecidos por la movilidad social sin la intervención de Marx. Lo saben los que pasaron de la cadetería a la gerencia, de la limpieza a la dirección. Lo saben quienes ocultan la certeza personal de que, sin el Deus ex machina de las altas esferas, en condiciones de laboratorio, jamás habrían escalado las colinas que ahora dominan. Y ésos son los legionarios más fieles, los más temibles, los más sanguinarios.

Y ahí van las huestes derrotadas, esfumándose en un parpadeo. Los escritorios vacíos se reproducen. ¿Será un privilegio ocupar uno aún? Quizás desorienta la gratuidad del asesino serial. No saber qué hay que hacer, qué hay que impostar para sobrevivir, si es que acaso eso es lo que se desea. En las prisiones se trata de no enfurecer a nadie, de pasar desapercibido. Que no te rompan el culo en las duchas, o que la raza de llaveros no te apalee. Pero la inquietud permanente de no saber de dónde puede venir el puntazo te mantiene en guardia. Trabajar, no se puede. La supervivencia te come mucha energía.

Acaso por rencor, uno quiere que los Houdinis hayan hecho su gran escape. Que no hayan muerto ahogados en el tanque de agua, con las cadenas aprisionando sus cuerpos.

Si eso fuera así, a nosotros nos quedaría alguna esperanza.

Gastoncito dice hola

Ya no es el porotito de la primera ecografía. Ahora es una personita.

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Perú (II)

Leaving Lima (Intermezzo)

La ruta del minibus no replica la que había seguido, menos de veinticuatro horas antes, para conducirnos al San Agustín Colonial. Vamos en busca de otros pasajeros que también vuelan a Cusco. El hecho de que sea de madrugada me hace sentir que es más un viaje de vuelta que de ida.

Tania vive en Santos. Es brasileña, y rubia, y simpática en su portuñol obligado. Capto jirones del diálogo que mantiene con la mitad de nuestra pareja que habla portugués. El minibús sigue una ruta apta para desorientar al fantasma de Pizarro mientras vamos en busca de los últimos trippers.

Última parada: el Marriott. Resulta que había un mundo mejor, pagadero con salarios en dólares. De golpe percibo que en el reducido espacio del minibus se cristalizan las tres castas arquetípicas del turismo. Small, medium, large.

Eloy García y su mujer nos saludan en inglés, que es lo que ellos esperan que nosotros esperemos de ellos. La presunción de extranjería es un reflejo condicionado, en estas circunstancias. Eloy es corpulento, siendo benévolos. Alcanzó el grado de obesidad que es típico en los estadounidenses, tan notorio como despreocupado, y se viste de riguroso turista. Su mujer me recuerda a un personaje de Dallas, ataviada como para un almuerzo campestre en la finca de la familia Ewing. De su atuendo, que combina blusa con flores y pantalón blanco, lo que me inquieta un poco son los anteojos de sol y el sombrero, quizás porque son las tres y media de la madrugada.

Alguna palabra que, de modo inocente, intercambiamos Vero y yo desata un diálogo con los García, tan amable como asimétrico en su abrumador spanglish. Los García son de Texas. Tienen un rancho y algunas otras posesiones que ignoramos, pero que representan la clase de bienestar que casi todos querríamos tener a su edad. Sobre todo lo de los viajes. Tienen, también, gran cantidad de palabras para explicarnos su país, y nos las brindan generosamente mientras el chofer maniobra en la madrugada limeña y la trasladista chequea todos nuestros vouchers.

El aeropuerto luce levemente distinto a esa hora. Está casi tan poblado como cuando llegamos, pero pretende la intimidad que la noche suele conferir a casi cualquier cosa. La trasladista corre a jugar simultáneas con otros contingentes mientras hacemos el check-in. Pongo mi mejor cara de inocente cuando me preguntan si llevo algún líquido en el equipaje de mano. En verdad, llevo un frasquito de lágrimas en el bolsillo de las bermudas, que espero que nadie detecte; la gente de seguridad suele ser poco solidaria con los que usamos lentes de contacto. Despachado el equipaje, nos encaminamos al primer piso, y a la gate correcta. Vero cambia algo de dinero, no vaya a ser que lleguemos con pocos Soles a Cusco. El cambio aquí es mucho menos usurario que en Ezeiza.

La voz metálica de siempre, la misma de todos los aeropuertos del mundo, nos convoca a abordar el vuelo de TACA con destino a Cusco. Quizás nos volvamos a cruzar con Tania y con los García, a ver si podemos impulsar la gran unidad continental.

Atentos a la meteorología como sólo pueden estarlo los turistas, preguntamos por el tiempo. En Cusco, como era de esperar, llueve.

Perú (I)

No rain

En Lima no llueve. Es casi lo primero que nos dicen al llegar, tras el riguroso bienvenidos. No llueve, claro, como en Buenos Aires: tormentas histéricas, taimadas, ensayos de diluvio universal a escala argentina, menguadas aunque pretenciosas, y capaces de cagarte la vida en pocos minutos. Los milagros de la geografía determinan que en el Océano Pacífico, no demasiado lejos de las costas de la ciudad, la fría corriente de Humboldt impugne el clima tropical que le corresponde a Lima por latitud, y produzca un tenso fenómeno atmosférico: hay evaporación, pero la nubosidad que se produce no asciende lo suficiente como para condensar y precipitar en forma de lluvia. Lima queda cubierta casi todo el año por una neblina que esmerila a Inti y procura humedad a la vegetación urbana.

Salimos del aeropuerto de El Callao, y creo recordar algo de Historia Argentina. Algún fantasma sanmartiniano saliendo o llegando a El Callao. En barco, claro, en aquellos tiempos.

El minibus nos conduce al hotel. Me distraigo con los pintorescos colectivos limeños, que parecen tener un sentido del color mucho más vital y más práctico que los de Buenos Aires. No tomo fotos por cierto pudor de recién llegado, como si tuviera que cumplir con algún plazo de prueba. El Callao no es un distrito tan atractivo para el turista. La clase de viviendas y comercios que recuerdan vagamente al conurbano menos próspero del AMBA, aunque franqueados por el Pacífico a un lado, y por las montañas al otro. Siempre es un consuelo, ese paisaje.

El trasladista nos recita los básicos de Lima: clima, algo de historia, organización política. Lima es un festival de distritos, cada uno con su autoridad propia, y una sola autoridad metropolitana. Como en El Silmarillion, que voy leyendo. Un solo anillo para gobernarlos a todos. Así que cada vez que entramos en otro distrito (o barrio, para que yo lo entienda mejor) nos recibe un cartel de Bienvenidos a. El trasladista nos explica que nuestro hotel está en Miraflores, un barrio con fama de chic en el que viviera alguna vez Mario Vargas Llosa, antes de relocalizarse en Europa. Hoy en dia, las clases más acomodadas migran a otros distritos más lujosos y abandonan Miraflores a la implacabilidad de los turistas como nosotros.

Bienvenidos a Miraflores. La arquitectura me recuerda vagamente a la de Amsterdam. Los edificios no son muy altos, son más bien prismáticos, sin salientes ni balcones, con ventanas corredizas (grandes y muchas). Acaso sea, como en los nubosos países del norte de Europa, para aprovechar cada mínima partícula de luz diurna. La gran diferencia, el detalle que recorta este distrito de la memoria de las Europas, pasa por el uso del color, un ítem valioso para casi toda América Latina, salvo para Buenos Aires. Se me podrá enrostrar el color de Caminito, claro. No, amigos, lo de Lima no es el cocoliche visual. Hay ocres, y celestes, y verdes, pero armónicamente combinados. Lo más parecido que se me ocurre son las casa palermitanas en las que, como gambeteo al convencionalismo, sólo una pared del blanco interior se pinta de naranja. Pudor cromático, digamos, con afán de rebeldía. Pero en Lima, como en otras ciudades de América Latina, el color es parte del paisaje, es signo de lo vital. Acaso por eso no haya evidencia de impostura, como puede haberla en la Reina del Plata. Aquí, el color es genuino.

El trasladista nos traslada por la nueva costanera, mérito que se arroga el actual alcalde metroplitano, un paisaje aún en construcción pero promisorio. Se le roban unos metros de playa al mar, se parquiza, se ponen bancos y juegos, el Pacífico a un lado, los Andes al otro. Pienso en Buenos Aires y envidio a Lima.

El San Agustín Colonial queda en Comandante Espinar 310. Esto es Miraflores, una de las escalas urbanas más próximas a Barranco, la nueva zona de moda, de edificios lujosos a pasitos del océano Pacífico. Pisos de doscientos metros cuadrados a unos módicos cuatrocientos o quinientos mil dólares. Nuestra morada es algo más modesta, aunque pertenece a un distrito acomodado, pletórico de servicios para sus moradores, ya sean permanentes u ocasionales.

El cuarto que nos toca, el 211, está en el segundo piso que, en verdad, es el primero. En Perú, no se habla de planta baja, así que nos acostumbraremos a sumar una unidad a cualquier número de piso que pensemos con lógica argentina. La decoración hace honor al adjetivo que completa el nombre del hotel. En esos pasillos y lobbys tenemos nuestro primer contacto con el devastador efecto hispánico en las artes peruanas: las paredes abundan en desconocidos nobles y figuras religiosas made in la Madre Patria (o autóctonos, pero tamizados por criterios virreinales).

La habitación es pequeña y algo oscura. Da al contrafrente. A Vero no le gusta mucho que digamos, sensación que verbalizará con cierta frecuencia hasta que abandonamos el hotel para nuestra primera incursión en la ciudad. Solitos, como buenos aventureros.

Lo primero, en estos casos, es caminar hacia arriba y hacia abajo por la avenida del hotel, para reconocer el espacio. Casi de inmediato, descubrimos no menos de seis locales de comida, incluyendo al célebre (pero desconocido en Argentina) KFC, es decir, Kentucky Fried Chicken, cuyos manjares nunca nos atreveremos a probar durante nuestra estadía, no vaya a ser que se nos dispare el colesterol. La primera caminata revela algunos detalles interesantes. Uno: como nos habían anticipado, en Perú se come barato. Lo que en Buenos Aires puede costar treinta, en Lima puede costar doce. Dos: los kioskos de golosinas no son locales, sino pequeños puestos, como los de diarios. Tres: Lima, como tantas otras ciudades de América Latina, tiene bastantes bulevares.

Tras las llamadas familiares de rigor desde un amable locutorio, incursionamos en el supermarket (el vocablo inglés es el habitual para esos casos). Vivanda es grande y, quizás por hallarse en Miraflores, se parece a los fenecidos Norte, con un evidente afán por ofrecer al cliente un ambiente cordial, sofisticado y tentador. Además de algunos manjares peruanos (snacks de maíz salado, la popularísima Inca Kola) las góndolas revientan de delicatessen internacionales de todo orden. Así da gusto. Adquirimos un par de ítems baratos, hacemos nuestro segundo pago en Soles, y partimos a planear nuestra primera excursión, porque ninguno quiere volver al hotel ahora.

En Perú hay taxis, pero no taxímetros. El valor de la tarifa se negocia con el chofer antes de subir al auto, en general sobre una cierta base definida por el mercado. Vamos al museo arqueológico. Nos advirtieron en el hotel que el viaje a Pueblo Libre (el distrito en el que se encuentra el museo) nos debería salir unos doce Soles, y que tomemos taxis de color negro o amarillo. Transamos en catorce con el chofer de un auto negro, y partimos a la expedición arqueológica.

El conductor nos piensa franceses hasta que nos escucha hablar un español demasiado fluido aunque sin acentos. Ahí nos confesamos argentinos y de Buenos Aires, y el hombre se extraña de que no usemos tanto el che y, sobre todo, de que no hablemos a los gritos (Dios libre algún día al mundo de los turistas porteños que nos representan mayoritariamente en el exterior). El chofer responde nuestras preguntas acerca del estado presente del Perú con una amabilidad y una sensatez desconocida entre los taxistas porteños, afectos al linchamiento y los dogmas inapelables. Parece que la segunda oportunidad de Alan García viene mejor que la primera, y el país recupera empleo y producción, y repatria ciudadanos otrora emigrados a la caza de un sueño anglosajón.

Pueblo Libre resulta ser un distrito más colonial que Miraflores. Bajamos del taxi en la Plaza Bolívar y malinterpretamos la indicación que nos da el chofer, así que inicialmente pretendemos ingresar en una guarnición del Ejército. Amablemente, los uniformados de la guardia nos redireccionan.

El Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú es una gran casa colonial, y detrás de la aparente simpleza distributiva según la cual las salas se ordenan en torno de un impecable patio, los pasillos se irradian y se ramifican infinitamente hacia los fondos en más y más cámaras. Iniciamos el recorrido con la escrupulosidad de estudiantes, apegándonos al riguroso orden cronológico según el cual el recorrido fue diseñado. Una enorme cantidad de evidencias materiales (vasijas, herramientas, telas) junto con reproducciones, maquetas e infografías, da cuenta de una (pre)historia del Perú que data de los primeros años de la humanidad. Resulta que había habido algo antes de los módicos cien años reales del imperio Inca y las peinetas virreinales, pero nuestras clases de Historia escolar optaron por ahorrarnos la complejidad del tema.

Casi dos horas nos toma recorrer el museo, y estamos seguros de que aún hay salas que no vimos, pero los cuerpos se hallan devastados por el vuelo de madrugada y las tres horas que se agregan a nuestro día por la diferencia horaria con Perú. Compramos algún presente en la tienda del museo, repleta, como corresponde, de angloparlantes, y nos retiramos en busca de un lugar donde almorzar. El guardia del museo nos recomienda El Bolivariano, un restaurante con una buena fama, por lo que nos dicen, así que nos largamos por las callecitas angostas de Pueblo Libre mientras rumiamos la sensación que nos dejó el museo y ese primer contacto con lo que fuimos a buscar a Perú. Por lo pronto, nos queda claro que los peruanos (al menos en sentido institucional, para empezar) tienen una conciencia muy fuerte de su patrimonio cultural.

Rodeado de casitas coloridas y algunos bares centenarios, encontramos El Bolivariano. Anticucho (brochettes de corazón de res) con papas fritas. Pocas palabras, un estómago feliz y la energía suficiente para emprender la vuelta al hotel.

Antes del taxi, incursionamos en otro supermarket, menos glamoroso que Vivanda pero igualmente surtido. Nos falta un agua mineral para lavarnos los dientes (la miríada de advertencias acerca de los efectos devastadores del agua corriente peruana surtieron efecto) y un adaptador para todos nuestros cargadores. Resulta que en Perú, las patitas de los enchufes son dos y paralelas, y no oblicuas, como en Argentina. Toda la arquitectura inca se basa en una leve oblicuidad antisísmica de las paredes, pero los malditos enchufes tienen patas paralelas. Partimos con el agua y sin el adaptador, de vuelta al San Agustín Colonial, doce o trece Soles, gracias, que tenga buenas tardes.

Llegamos a las cinco, más o menos. Encendemos el televisor (gesto automático que todo turista efectúa ni bien entra en su habitación) y decidimos descansar un poco. Con intermitencias, dormimos hasta las dos de la mañana, hora en la que nos levantamos, casi carecientes de conciencia espaciotemporal, para tomar el café que el hotel nos ofrece, aunque nadie desayuna tan temprano. La trasladista pasará a buscarnos un rato después para conducirnos hacia el aeropuerto. Es que nos vamos para Cusco, y salir tan temprano nos permitirá aprovechar el día allá, siempre y cuando no llueva, porque en Cusco el clima no es tan predecible en cuanto a lluvias. Se sabe, en Lima no llueve. En el mejor de los casos, garúa.

Biotipos de trabajo

Tras su compulsiva internación en una institución frenopática de renombre, nuestro antropólogo amateur decide adentrarse esta vez en el desolador universo de quienes fatigan irremediablemente sus días y sus noches en oficinas y demás escenarios de la tragedia laboral de Occidente. Su propósito: revelarnos una desesperanzada galería de especímenes dignos de estudio. A continuación, su escrupulosa taxonomía.

• El Mateo. Masoquista autocompasivo. Este lastimoso percherón del universo laboral lleva en sus hombros la marca del arnés que diariamente se calza para tirar solito del carro de la empresa mientras los jefes revuelven sus bolsillos en busca del más que merecido terroncito de azúcar. Sacrificado patológico, acumula tareas y responsabilidades que sus compañeros generosamente le ceden mientras saltan ágilmente sobre el trampolín de su espalda en busca de los puestos que él nunca se atreverá a codiciar. Resopla todo el tiempo, pero no atina a repartir coces a quienes culpa de su situación. La indignación que produce su inofensividad mueve con frecuencia a la combustión espontánea.

• El monaguillo. Maestro en el arte de secundar, prescinde de iniciativa de modo mililtante. A diferencia del salmón, sólo nada a favor de la corriente, y siempre y cuando alguien lo remolque: sus compañeros le resuelven los trabajos, sus jefes absorben sus responsabilidades y sus empleados se hacen cargo de sus errores. A fuerza de corrección en los modales, escritorios ordenados y camisas discretas, se hace querer por sus superiores, siempre deseosos de recompensar la genuflexión, la carencia de ideas y la intrascendencia profesional de sus acólitos. Porque ¿a quién no le gusta estar rodeado de empleados que no proyectan sombra alguna?

• El comunista unidireccional. Mestre de la socialización del mérito, expropia compulsivamente los dividendos del trabajo ajeno. Debido a la privación de leche materna en la temprana infancia, persigue con desesperación el reconocimiento de cualquier figura de autoridad que ocupe el lugar de su progenitora. Su método consiste en enturbiar ostensiblemente el producido laboral de sus colegas, operación que lleva a cabo, en el trayecto hacia los despachos de los jefes, mediante el secuestro y la adulteración de toda idea u objeto generado por sus pares: la inserción de gratuitos signos de puntuación en copiosos informes de vecinos de escritorio; el comedido ejercicio de la glosa sobre esforzados proyectos de colegas; la sustracción, licuefacción y condimentación de dignas creaciones de cerebros aledaños… Toda confiscación de porotos ajenos resulta materia de orgullo, acaso porque la gloria laboral se encuentra ahí nomás, a unos cortos manotazos de distancia.

• El optimista mórbido. Adalid de la negación, se intoxicó durante la niñez con aquello de que “Crisis significa peligro y oportunidad”. Posee la capacidad de urdir el lado positivo de casi cualquier escenario: logra ver un despido como “una oportunidad para un nuevo comienzo” o un fin de semana súbitamente laborable, como “una ocasión para conocer mejor a sus compañeros”. Su espíritu feliz resulta tan flagrante que sus víctimas suelen resignar la venganza por temor a que la interprete como un aprendizaje.

• El rinoceronte desbocado. Terrorista verbal, actúa sobre compañeros y empleados con la impunidad de un interrogador de la prisión de Guantánamo. Manotea golpes bajos a discreción para zanjar situaciones de la vida laboral: un primo lejano alcohólico, una configuración facial poco afortunada, un trauma de la infancia, una renguera, el gusto en la elección de la ropa… cualquier dato personal de la víctima es útil para justificar la negativa a un aumento de sueldo postergado permanentemente, para la asignación de una tarea hercúlea en tiempos imposibles y sin recursos o para la denigración con fines disciplinarios. A fin de eludir el mal karma de su accionar, se fragua una imagen de sí mismo en la que la lisa y llana crueldad es maquillada como una franqueza hormonal e ingobernable.

• El caballo del comisario. Pariente lejano del anterior, sostiene su impunidad para el maltrato con la palanca que lo depositó en el puesto que usurpa. Por lo general, su talento, conocimiento y experiencia mantienen una relación inversamente proporcional con la imagen superlativa que tiene de sí mismo. Su primer día de trabajo suele parecerse a uno de esos documentales de la National Geographic en los que el joven mandril recién llegado pretende destronar al viejo macho y demostrar que está para más: orina en todos los escritorios para dejar en claro que todo distrito es suyo; reparte golpes entre los animales viejos de la oficina para que vean que la sangre nueva llega para quedarse… Todo con la venia del director de la empresa, que usualmente es un pariente. Suele provocar renuncias masivas de compañeros y empleados que se asemejan a estampidas.

• El fan. Marcado a fuego por la falta de figuras parentales sólidas en su niñez más tierna, opta por adherirse a cualquier espécimen de oficina lo suficientemente fuerte como para oficiar de role model. Su edipo desenfrenado se traduce en una veneración digna de la Difunta Correa: en las palabras de su progenitor sustituto, el fan halla sabiduría infinita; en sus actos, justicia y mesura; en su apariencia, belleza y armonía… Por regla general, el individuo beatificado de facto carece de todas esas virtudes que su inesperado devoto se afanará en endilgarle, pero, se sabe, el ejercicio militante de la negación es un viaje de ida…

• El progre de barro. Mesías del travestismo ideológico. Desde el llano y en condiciones de laboratorio, siempre está del lado del pueblo. Compra Página; escucha a Silvio, a Pablo y a todo cantante con compromiso pero desprovisto de apellido; ve sólo películas europeas e iraníes y las debate en la pecera para fumadores de La Paz; lee a Cortázar, a Galeano y a Benedetti; y siempre votó izquierda… Pero cuando las papas queman, abjura de su fe como quien deja el cigarrillo, y asume el discurso patronal con la aterradora virulencia de los conversos: aconseja despidos, sugiere recortes, denuncia llegadas tarde y asesora en el disciplinamiento irrenunciable de sus compañeros y empleados. A pesar de su funcionalidad al esquema empresarial, sus jefes suelen temerle.

• El ignorante. Solipsista desde la cuna, su percepción de lo que lo rodea no alcanza a trascender la epidermis. A su paso, numerosas vidas sucumben sin que él reciba el más mínimo indicio. Su rutina nunca sufre alteraciones porque es incapaz de registrar el contexto: llega, ficha, trabaja, almuerza, trabaja y se va, sin aprenderse nunca los nombres de sus empleados, compañeros y jefes más que el tiempo necesario para interactuar con ellos de nueve a seis. Su talento para el autismo lo hace con frecuencia objeto de sana envidia.

Are you talkin’ to me?

Ah, qué extraño. Hicimos algo interesante, y algunas personas se han fijado en ello. Quienes gusten de rastrear tesoritos en polvorientas cuevas literarias, sean bienvenidos al proyecto de tres exquisitos individuos que no se resignan. Y del cuarto Beatle.

http://www.leedor.com/notas/2818—revista_siwa.html

Lückenhaft

Hace mucho que no escribo. Me digo, mientras miro por milésima vez la pantalla de WordPress. Nuevo post. El nuevo síndrome que ataca a un escritor, el post en blanco. Uno se empieza a preguntar por el ¿público? Hay una deuda más o menos silenciosa con algunos lectores, amigos o desprevenidos viandantes de internet que pisaron mi blog alguna vez. La presión que mete la expectativa que uno (neurótico insalvable) construyó trabajosamente para luego rehuirle resulta algo agobiante, aun cuando sólo sea yo quien manifiesta algún interés en continuar con este ritual ególatra.

Una vez tuve un sitio. De poemas. Se llamaba Lückenhaft, cuya traducción del alemán es, más o menos, incompleto. Cuando inicié Der junge Wörter rescaté esos poemas perdidos, creyéndolos de algún valor. Quizás lo tengan. Pero el punto es que, entonces, mi percepción de la escritura era fatalmente catártica. Era desahogo. No podía pensar en la escritura como un ejercicio, como las sesiones semanales en el gimnasio. Aquello tenía sus pro y sus contra. Por una parte, la inconstancia en la producción estaba románticamente fundada: uno no regula sus pasiones, simplemente las deja fluir. La contra, justamente, era depender de esas pasiones —profundas, intensas, serias— y de su imprevisible, caprichosa visita para poder escribir.

Der junge Wörter es un intento por sistematizar la escritura. Como todas las sistematizaciones que puedo proponer, había cierto prusianismo en la determinación de las categorías y del tipo de texto que pretendía producir. Así, cuando uno no tiene una idea que encaje en una categoría, o no inventa alguna nueva, no hay escritura.

Hace meses que no me siento frente a la máquina para decir algunas palabras. Batallo hace bastantes semanas con un par de textos, algún cuento y otro Biotipos, ambos aún en lento proceso de producción. No sé cuando los termine, o si valdrá la pena que lo haga. Hace mucho tiempo que no puedo conectarme con las palabras, lidiar con ellas con la mixtura de desesperación, rabia y placer que suele producir la escritura.

Entonces pienso. Acaso pueda traducir a la escritura la disciplina del ejercicio físico, la constancia, la costumbre.

Será cuestión de probar.

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