El paseante desprevenido se topa, ocasionalmente, con ciertas laboriosas intrascendencias que se agrupan bajo una denominación con pretensiones oximorónicas. Si la suerte lo acompaña, el flâneur será objeto de un polémico agradecimiento, caligrafiado con pulso firme y trazo sensible, estratégicamente ubicado junto al receptáculo para donaciones: “Gracias por apoyar al arte”.
Si el paseante se permitiese una pregunta retórica acerca de la calidad artística del esforzado veinteañero que se gana la vida replicando la estatua viviente de un esforzado veinteañero que se gana la vida replicando una estatua viviente, la respuesta negativa a la que posiblemente llegaría lo condenaría al arcón de los reaccionarios de la cultura. El platónico caminante podría defenderse argumentando que, si ya el original de La pietá de Miguel Ángel era inferior en calidad a su idea, la imitación de La pietá con la que uno podría encontrarse, digamos, un mediodía en plaza Flores, debería ser, aunque más no sea por el principio de la pérdida de calidad de la copia de una copia, objeto de discusión.
Nuestro peripatético amigo soportaría entonces, dignamente, la conmovedora ristra de sofismas de entusiasmo menguante con los que se suele defender el estatus artístico de esta práctica: a) el parecido con el original, b) la laboriosidad de la puesta, c) la ejemplar resistencia a la furia de los elementos, todos ellos pasibles de ser demolidos en la siguiente secuencia: a) la dudosa existencia de intención artística detrás del parecido innegable entre hermanos gemelos, b) el carácter meramente utilitario que reviste la construcción de diques por parte de los castores, y c) la estéticamente pobre pasividad de un agente de policía en una lluviosa noche de invierno.
Tras defender de modo infatigable su posición, nuestro noble viandante sería, casi indefectiblemente, sometido al último recurso de los abogados de las tallas móviles: el argumento moral. Este alegato (seguramente expelido con la desfalleciente vitalidad de un telemarketer en su última hora de trabajo) consistiría en elogiar la opción de los autoestatuarios por su penalmente inobjetable modo de ganarse la vida frente a otras opciones menos deseables, como los secuestros express, los asaltos a bancos y el sicariato.
Y he ahí el golpe milagroso, aquel que, contra las cuerdas y sin resto físico, da un boxeador desesperado. ¿Qué podría responder nuestro transeúnte a semejante argumentación? Finalmente derrotado en el último minuto, sólo le quedaría poner un billete de diez en la improvisada urna, darle una amistosa palmada en la espalda a la perfecta (si no fuera por los brazos y la cabeza) réplica de la Victoria de Samotracia, y retirarse con cierta resignación, consolándose con la idea de que siempre es mejor una estafa que un delito violento.
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