Der junge Wörter

Escritos de toda laya

Manual de clichés (1) Junio 29, 2007

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 5:31 pm

En esta útil sección, de aparición tan irregular como su calidad, intentaremos brindar una serie de consejos (perdón, de tips) destinados a posibilitar que cualquier sujeto morigere lo incómodo de tener una personalidad que desorienta taxonomías, y que se asimile sin problemas a cualquier grupo humano de características definidas. Comencemos, pues, con este invalorable servicio a la comunidad.

CLICHÉ 1: EL CULTO
Una necesidad frecuente en nuestros desesperados y miserables lectores es la de no desentonar en eventos culturales (vernissages, cafés literarios, mesas redondas, reuniones académicas o invitaciones a El refugio de la cultura). Los testimonios acerca de la sensación de orfandad que padece el forastero en tales eventos son, invariablemente, conmovedores. A fin de atenuar el padecimiento y lograr la feliz adaptación del sujeto al entorno, brindamos a continuación algunas prácticas sugerencias.
• Escuche música clásica. ¿Dónde se ha visto que una persona culta escuche metal? Haga Ud. la prueba, querido lector, de entrar en alguna reputada librería de su ciudad: ¿cuál es, invariablemente, la música ambiental de ese sagrado depósito de mercancías culturales? Mínimo, un Mozart. Es sabido que los intelectos exigentes buscan placer en lo complejo, de modo que si Ud. acostumbra escuchar, por ejemplo, a Megadeth, lo máximo que se esperará de Ud. en términos intelectuales es que califique como analfabeto funcional.
• Hable difícil. ¡Ah, qué felicidad siente el culto en sustraerse de la basta realidad para hablar de cosas importantes! Una de las claves para estar a tono en contextos eruditos es tener en claro que lo que distingue al individuo cultivado del vulgo es el registro del habla. Para sustentar esa diferencia, es menester la posesión de una jerga; si carece Ud. de una, procúrese una profesión que la provea o, cuando menos, consígase un glosario. Secreto para el débutant: construya ristras de vocablos arcaicos, improcedentes y de pronunciación trabajosa, y profiéralas en cualquier ocasión que le proporcione el suficiente grado de visibilidad.
• Carraspee. En sus parlamentos, el aprendiz de culto debe, con cierta frecuencia, intercalar lo que se denomina carraspeo culto, una tosecilla dosificable que en lenguaje historietístico suele traducirse como ejem. Una de las funciones (acaso la más importante) de este dispositivo consiste en aportar la necesaria pausa dramática al discurso del sujeto refinado e instruido, además de brindar unos valiosísimos segundos para la selección y alineación de los siguientes vocablos arcaicos, improcedentes y de pronunciación trabajosa que formarán parte de un buen discurso culto. Si Ud. posee una garganta delicada, que pudiera dañarse por impostar permanentemente la adhesión de mucosidad a la glotis, puede reemplazar el carraspeo por la dubitación culta, que consiste en la estratégica inserción de las partículas eeeh o esteee a lo largo de sus intervenciones.
• Consuma cine exótico. ¡Ah, qué gran aporte ha hecho la crítica especializada a la cultura occidental! Si no fuese por tantos programas, sitios y publicaciones, jamás habríamos podido disfrutar de la imposibilidad narrativa de La manzana y tantas otras joyas cinematográficas de allende el Éufrates. El aspirante a culto deberá tener en cuenta que existe una relación directamente proporcional entre la distancia geográfica del país de procedencia de un filme y la valoración crítica que de él se hace; a mayor millaje, mejor es la película, de modo que, ateniéndose a esta regla, el lector podrá inferir sin dificultades el valor de un largometraje argentino filmado en Barracas.
•Elija minorías. El individuo cultivado tiene en claro que el número contamina, de modo que siempre preferirá, siguiendo el consejo de Robert Frost, los senderos menos transitados: la música menos escuchada, los escritores menos leídos, los eventos menos concurridos. Lo esencial en este caso es la dificultad que entraña el acceso a tales mercancías y convites: lo inhallable, lo inaccesible o (sobre todo) lo escaso es, por fuerza, lo más exquisito. El sujeto culto debe gambetear a la masa en toda ocasión porque, se sabe, la Verdad y la Belleza están allí donde hay menos gente por metro cuadrado y se puede respirar mejor.
• Fume en pipa. No se trata de un ítem esencial, pero suma. Si Ud. es asmático, puede saltearse este apartado, o bien circular con la pipa en la boca, pero sin ponerle tabaco. Si es ya Ud. un fumador, sabrá apreciar el favorable cambio estético que implica pasar de parecerse a Pucho, el ayudante de Neurus, a verse como un familiar de Freud. Pocas imágenes dan culto tanto como un individuo con la pipa en la mano mientras enuncia una serie de de vocablos arcaicos, improcedentes y de pronunciación trabajosa. Cabe hacer una advertencia para el novel: procure fumar en pipa en contextos cultos. El lego puede confundir el dulce perfume del tabaco de pipa con el vulgar olor de la chala, y sería muy penoso que una muestra de cultura tan evidente se viese mancillada por una inadecuación de individuo y entorno. No tire margaritas a los chanchos.

Esperamos que estos humildes consejos le permitan integrarse felizmente en contextos de gente de intelectos refinados y exigentes. Nos vemos en la próxima entrega, cuando ayudaremos a otra serie de parias a confundirse con el grupo humano de su preferencia.

 

El retorno del Rey Junio 25, 2007

Archivado en: Del editor — derjungewoerter @ 11:28 am

Luego del forzado silencio que me había impuesto la proscripción de mi persona por parte del gobierno totalitario de Islas Maldivas, he retornado para azotar las circunvoluciones cerebrales de aquellos que se atreven a recorrer este no-lugar. Que la Fuerza los acompañe.

 

Biotipos de fiesta Junio 2, 2007

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 2:11 pm

El antropólogo amateur encuentra en las fiestas y reuniones una ocasión óptima para analizar la conducta humana. Los modos de comer, de hablar, de relacionarse con los otros, de presentarse ante los demás son un material valioso para quien guste ejercitarse en la proposición de taxonomías.

Con apenas unos eventos sobre sus espaldas, nuestro anónimo enviado nos invita a interesarnos en algunos de los descubrimientos que procuró, luego de una investigación científicamente rigurosa, organizar a partir de los siguientes arquetipos.

• El anfitrión. Usualmente devorado por el estrés, el disfrute le está vedado. Para él, la fiesta consiste en cocinar, servir, reponer lo faltante, guiar invitados hacia el baño, conseguir ceniceros y limpiar vómitos. Se siente en la obligación de estar con todos y, con un conmovedor despliegue de energía, logra no estar con nadie. Debido a sus problemas de memoria a corto plazo, por lo general sólo recuerda haber recibido y despedido a sus invitados; el intervalo sólo lo puede reconstruir mediante testimonios.

• Il divo. Dotado de un ego inexplicable, interpreta que cualquier coincidencia de más de dos personas en un mismo recinto tiene por objeto principal rendirle homenaje. Saluda desconocidos como si siempre hubiesen deseado codearse con él, se conduce con la autoridad de la que el propio anfitrión carece y participa en conversaciones en las que nadie deseó incluirlo, usualmente aportando opiniones tan arbitrarias como tajantes: “¿Hamlet? La peor obra de Shakespeare. No la leas”. Produce mayormente rechazo, pero es incapaz de registrarlo.

• El impar. Desafortunadamente, su número es el uno. Por algún motivo oscuro, se lo suele invitar a reuniones a las que todos los demás concurren en pareja. Incapaz de utilizar la primera persona del plural en sus anécdotas, su experiencia es miserable de principio a fin. Si, por desgracia, es mujer, las preguntas sobre su soledad y los consejos para remediarla serán aun más encarnizados.

• El planificador. Se prepara como si estuviese proyectando una obra de ingeniería. Supone que las fiestas son ocasiones en las que debe “soltarse”, y decide planificar la soltura al detalle. Practica Programación Neurolingüística para Fiestas en base a verbos con resonancias accidentológicas como “desbarrancar”, “derrapar” y “descarrilar”. Si se emborracha, sólo es porque ya tenía mensurada la cantidad de alcohol que se permitiría ingerir.

• El transgresor social. Variante culposa del planificador. Menos liberal de lo que necesita creer, disfraza su moral de pueblo chico con ademanes de reviente urbano. Encuentra en las fiestas la ocasión perfecta para incursionar en aquellos placeres que le están vedados en su vida cotidiana, pero le preocupa enormemente lo que puedan pensar de él. Sostiene con suficiencia que mezclar moscato con gaseosa, fumarse un toscano chipriota o expeler piropos soeces a discreción son actividades perfectamente inocentes, pero no cesa de aclarar a sus interlocutores que sólo las perpetra en contadísimas ocasiones, y siempre cuando alguien le convide o lo secunde.

• El desintegrado intencional. Su odio hacia las fiestas es militante. Acepta las invitaciones con la rencorosa obediencia de un espartano reclutado para combatir en Las Termópilas. Todo le disgusta y lo hace saber cada vez que alguien comete la imprudencia de ser su interlocutor. Supone que la música fue elegida con el único fin de arruinarle la digestión de comidas que no cesa de objetar. Los motivos por los que sigue siendo invitado son tan inexplicables como la reposición de la Piedra Movediza de Tandil.

• El desintegrado accidental. Variante desgraciada del anterior. Él desearía ardorosamente pasarla bien, pero no puede evitar sentir que la fiesta es una conflagración preterintencional. La comida le agrava la úlcera, la música es demasiado fuerte, la conversación se centra en gente que desconoce… Se siente como un huerfanito de Dickens, pero no lo expresa para no arruinar la diversión ajena. Los motivos por los que sigue aceptando invitaciones son tan inexplicables como la reposición de la Piedra Movediza de Tandil.

• El gracioso infructuoso. Sus humoradas siempre están fuera de registro, pero le resulta imposible percatarse de ello. Escatológico profesional, ofende a personas que apenas conoce sin el menor esfuerzo y remata sus intervenciones con risotadas convulsivas que remedan un pecarí en celo. Se siente el alma de la fiesta, pero la opinión general suele ser que es un pelotudo a manija.

• El sátiro. Víctima de un indómito priapismo, su conducta se ordena en torno a una lascivia desbordante. Capaz de encarar a una viuda en pleno funeral, carece de escrúpulos tanto como de atractivo. Suscita en las mujeres abordadas la imperiosa necesidad de huir, que procura malinterpretar como una instancia natural del cortejo. Se supone un imán sexual, pero, por desgracia, las mujeres que persigue no son metálicas.

• El inconsciente individual. Psicótico festivo. Ignora felizmente el efecto que causa su conducta, lo cual lo vuelve tan molesto como inimputable. Descarga su vejiga en la jarra del clericó, persigue al perro de la casa con ansias de cópula y manosea enanos de jardín sin sonrojarse. Su carencia de registro le permite salir indemne de un careo con los testigos de sus tropelías.

• El adelantado. Sibarita de la angustia anticipada. La ansiedad corroe su psiquis y le impide disfrutar del momento. Si la fiesta recién empieza, ya está afligido por la despedida. Se solaza en la desesperación que le causará la espera del próximo evento y ahuyenta a cualquiera que pretenda pasarla bien. Usualmente se retira antes de tiempo.