El antropólogo amateur encuentra en las fiestas y reuniones una ocasión óptima para analizar la conducta humana. Los modos de comer, de hablar, de relacionarse con los otros, de presentarse ante los demás son un material valioso para quien guste ejercitarse en la proposición de taxonomías.
Con apenas unos eventos sobre sus espaldas, nuestro anónimo enviado nos invita a interesarnos en algunos de los descubrimientos que procuró, luego de una investigación científicamente rigurosa, organizar a partir de los siguientes arquetipos.
• El anfitrión. Usualmente devorado por el estrés, el disfrute le está vedado. Para él, la fiesta consiste en cocinar, servir, reponer lo faltante, guiar invitados hacia el baño, conseguir ceniceros y limpiar vómitos. Se siente en la obligación de estar con todos y, con un conmovedor despliegue de energía, logra no estar con nadie. Debido a sus problemas de memoria a corto plazo, por lo general sólo recuerda haber recibido y despedido a sus invitados; el intervalo sólo lo puede reconstruir mediante testimonios.
• Il divo. Dotado de un ego inexplicable, interpreta que cualquier coincidencia de más de dos personas en un mismo recinto tiene por objeto principal rendirle homenaje. Saluda desconocidos como si siempre hubiesen deseado codearse con él, se conduce con la autoridad de la que el propio anfitrión carece y participa en conversaciones en las que nadie deseó incluirlo, usualmente aportando opiniones tan arbitrarias como tajantes: “¿Hamlet? La peor obra de Shakespeare. No la leas”. Produce mayormente rechazo, pero es incapaz de registrarlo.
• El impar. Desafortunadamente, su número es el uno. Por algún motivo oscuro, se lo suele invitar a reuniones a las que todos los demás concurren en pareja. Incapaz de utilizar la primera persona del plural en sus anécdotas, su experiencia es miserable de principio a fin. Si, por desgracia, es mujer, las preguntas sobre su soledad y los consejos para remediarla serán aun más encarnizados.
• El planificador. Se prepara como si estuviese proyectando una obra de ingeniería. Supone que las fiestas son ocasiones en las que debe “soltarse”, y decide planificar la soltura al detalle. Practica Programación Neurolingüística para Fiestas en base a verbos con resonancias accidentológicas como “desbarrancar”, “derrapar” y “descarrilar”. Si se emborracha, sólo es porque ya tenía mensurada la cantidad de alcohol que se permitiría ingerir.
• El transgresor social. Variante culposa del planificador. Menos liberal de lo que necesita creer, disfraza su moral de pueblo chico con ademanes de reviente urbano. Encuentra en las fiestas la ocasión perfecta para incursionar en aquellos placeres que le están vedados en su vida cotidiana, pero le preocupa enormemente lo que puedan pensar de él. Sostiene con suficiencia que mezclar moscato con gaseosa, fumarse un toscano chipriota o expeler piropos soeces a discreción son actividades perfectamente inocentes, pero no cesa de aclarar a sus interlocutores que sólo las perpetra en contadísimas ocasiones, y siempre cuando alguien le convide o lo secunde.
• El desintegrado intencional. Su odio hacia las fiestas es militante. Acepta las invitaciones con la rencorosa obediencia de un espartano reclutado para combatir en Las Termópilas. Todo le disgusta y lo hace saber cada vez que alguien comete la imprudencia de ser su interlocutor. Supone que la música fue elegida con el único fin de arruinarle la digestión de comidas que no cesa de objetar. Los motivos por los que sigue siendo invitado son tan inexplicables como la reposición de la Piedra Movediza de Tandil.
• El desintegrado accidental. Variante desgraciada del anterior. Él desearía ardorosamente pasarla bien, pero no puede evitar sentir que la fiesta es una conflagración preterintencional. La comida le agrava la úlcera, la música es demasiado fuerte, la conversación se centra en gente que desconoce… Se siente como un huerfanito de Dickens, pero no lo expresa para no arruinar la diversión ajena. Los motivos por los que sigue aceptando invitaciones son tan inexplicables como la reposición de la Piedra Movediza de Tandil.
• El gracioso infructuoso. Sus humoradas siempre están fuera de registro, pero le resulta imposible percatarse de ello. Escatológico profesional, ofende a personas que apenas conoce sin el menor esfuerzo y remata sus intervenciones con risotadas convulsivas que remedan un pecarí en celo. Se siente el alma de la fiesta, pero la opinión general suele ser que es un pelotudo a manija.
• El sátiro. Víctima de un indómito priapismo, su conducta se ordena en torno a una lascivia desbordante. Capaz de encarar a una viuda en pleno funeral, carece de escrúpulos tanto como de atractivo. Suscita en las mujeres abordadas la imperiosa necesidad de huir, que procura malinterpretar como una instancia natural del cortejo. Se supone un imán sexual, pero, por desgracia, las mujeres que persigue no son metálicas.
• El inconsciente individual. Psicótico festivo. Ignora felizmente el efecto que causa su conducta, lo cual lo vuelve tan molesto como inimputable. Descarga su vejiga en la jarra del clericó, persigue al perro de la casa con ansias de cópula y manosea enanos de jardín sin sonrojarse. Su carencia de registro le permite salir indemne de un careo con los testigos de sus tropelías.
• El adelantado. Sibarita de la angustia anticipada. La ansiedad corroe su psiquis y le impide disfrutar del momento. Si la fiesta recién empieza, ya está afligido por la despedida. Se solaza en la desesperación que le causará la espera del próximo evento y ahuyenta a cualquiera que pretenda pasarla bien. Usualmente se retira antes de tiempo.
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