Nuevamente nos presentamos en auxilio de aquellos que no pueden adherirse exitosamente a los grupos deseables. Esperamos les sea de provecho.
CLICHÉ 3: EL ADVENEDIZO
Pocas cosas resultan más admirables que alguien capaz de pretenderse experto sin más capital que una relación epidérmica con cualquier tipo de conocimiento, una autoestima laboriosamente sobredimensionada y una inagotable capacidad para el simulacro. ¿Desea Ud. ser uno de ellos? A continuación, unos consejitos.
• Incorpore conocimiento. Para todo advenedizo de ley resulta esencial impostar una avidez de saber de la cual carece por completo. Es menester, entonces, conjugar un máximo de visibilidad con un mínimo de rigor intelectual, a fin de producir en el espectador desprevenido la idea de que se está ante un multifacético genio de fuste. Todo suma puntos: talleres de toc toc y redoblante, cursos de Photoshop para retoque de fotos 4 x 4, seminarios de hermenéutica de las letras de Las pastillas del abuelo… Si le resulta posible, agréguele un poco de prestigio al cuadro, anótese en algún instituto primario con pretensiones de terciario y refiérase a él como “la Facultad”: Licenciatura en Telecomando Sexual y Ataque Psíquico, Maestría en Comunicación Orientada a Suplementos Femeninos, Doctorado en Levaduras, todo resulta útil en la carrera hacia la impostura del saber.
• Anexe territorios. Para un advenedizo hecho y derecho, el Lebensraum (espacio vital) resulta siempre una necesidad en perpetua expansión. ¿Para qué abarcar poco y apretar mucho, cuando se puede ser exitoso haciendo exactamente lo opuesto? Acaso, querido lector, estos recursos sean tildados como falacias argumentativas por algunos moralistas, pero Ud. deberá gambetear esos sentimientos de culpa tan judeocristianos con el fin de usurpar inobjetablemente los campos de acción de otros humanos menos dotados para la supervivencia. Veamos algunos criterios aplicables.
a) Contagio: un encuentro lejano del tercer tipo habilita para considerarse experto en un terreno que resulta tan inexplorado como la llanura abisal. Un primo segundo que asiste a un taller vocacional de pintura sin manos es suficiente vínculo con el saber para emitir juicios tan arbitrarios como convincentes acerca del pobrísimo papel del cubismo en la historia del arte moderno.
b) Contigüidad: se apoya en la noción de deslizamiento, tan en boga entre los gurúes del éxito advenedizo, que consiste en que cualquier saber o capacidad, mediante un movimiento más o menos ínfimo, se hace asimilable a otro saber o capacidad. De la manipulación de bollos de pizza a los estudios sobre cultura de masas hay apenas un par de pasitos intelectualmente imperceptibles.
c) Blitzkrieg: ¿Es útil la diplomacia para obtener algo? La invasión de Polonia del ‘39 prueba que no. Aquí lo aconsejable es plantarse en tierras desconocidas de modo intempestivo y con la aplastante seguridad del experto. Poco importará si Ud. apenas sabe cómo encender una PC en tanto sea capaz de hablar con impune aplomo acerca de cuestiones tecnológicas, salpicando su discurso con palabras exhumadas de la ciencia ficción de los ‘50 como vanguardia, robótica y electrónica.
• Escrache al experto. ¡Ah, querido lector, qué placer se obtiene del maltrato público de aquél que sí sabe! Si desea ser un advenedizo de verdad, no puede dejar pasar la falta de quienes que poseen el conocimiento que Ud. apenas alcanza a simular. El escrutinio de toda palabra o acción que le huela a yerro ajeno ha de ser su obsesión, y el vituperio a cielo abierto del inadmisible desacierto del prójimo instruido, su causa final. Para ello, es menester proveerse de las más diversas fuentes y consultarlas de forma oblicua, a efectos de poder citarlas cuando se resalte esforzadamente el fallo de aquellos que, teniendo el pan del saber, carecen de los filosos dientes de escualo con los que Ud. fue dotado.
• Diluya su responsabilidad. Complementario del precedente, este consejo busca resguardarlo, querido lector, de los costos que implica el error propio. Porque, convengamos, no suele ser fácil sanatear de modo convincente acerca de cualquier materia y salir siempre airoso de la farsa. Ahí es cuando Ud. debe suavizar los efectos adversos de su incursión en terrenos desconocidos. Diluya su responsabilidad en la sangre de alguna víctima propiciatoria más o menos plausible, pero siempre con un fraguado rictus de congoja por lo penoso y humillante de la situación… del otro. Lo cortés –se sabe– no quita lo hiriente. “Así que ‘helicóptero’ se escribe con hache… Qué penoso, porque yo le había enviado el texto a la licenciada Petruzza, que es correctora en un diario de alcance nacional, justamente porque confiaba en sus conocimientos, y como ella no me había marcado nada… Pero bueno, pobre, con el problema de bebida que tiene, es lógico que se le escapen algunas cositas…”.
• Devalúe el saber ajeno. Un advenedizo de pura cepa tiene claro que su intelecto ha de ser metro patrón para la raza humana. Por ello, deberá descalificar amable pero firmemente todo conocimiento o habilidad que se hallen fuera de su esfera de simulacro y convertir así sus carencias en renuncias voluntarias, ya sea argumentando pedantería (cuando los conocimientos en cuestión superen incontrastablemente sus capacidades) o chatura (cuando se trate de saberes cuyo simulacro no reporte prestigio suficiente). “Nunca tuve interés en ser parte de la secta académica, con toda esa gente que habla en difícil y sólo se lee a sí misma… De ahí que me hiciera echar de cinco colegios y me quedara sólo con segundo año de la secundaria, que es exactamente cuando el sistema educativo deja de transmitir los contenidos verdaderamente valiosos”.
¿Y bien, querido lector? ¿Ha logrado ya Ud. su ingreso al universo de los exitosos con escrúpulos reducidos? ¿Ah, aún no? Recuerde, entonces, persistir en el simulacro con el suficiente ahínco como para que quienes aún se resisten a ser superados por un mediocre con ínfulas (sepa Ud. disculpar la crudeza, pero es el lenguaje que utilizan los derrotados) aprendan lo que es bueno y cedan de una vez esos espacios que no saben aprovechar. Hasta nuestro próximo encuentro.
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