Apenas entré en el bar, lo descubrí sentado en el rincón más lúgubre. K. ejecutó una serie de gestos nerviosos con el objetivo de guiarme a través del laberinto de maderas carcomidas que oficiaban de mobiliario comercial. Me dejé conducir mientras elaboraba, veloz, alguna hipótesis que explicara el tono levemente desesperado que había detectado a través del teléfono una hora antes. Tan pronto arribé a su mesa, K. me señaló una silla con la mirada; comprendí, entonces, que acarreaba la clase de secreto que sólo se mantenía a raya recurriendo a la comunicación no verbal. Estaba necesitado de catarsis, y accedí a escucharlo al tiempo que demandaba del más decrépito de los mozos del staff un capuccino a la italiana.
K. me explicó que todo había comenzado seis meses atrás. Su mujer (una dama robusta a quien yo había conocido en alguna fiesta y a quien había olvidado de inmediato y con envidiable facilidad) había cesado de desearlo. Bueno, no había sido tan de golpe, por supuesto. Había comenzado como suelen hacerlo estas cosas: gradualmente, sumando, primero, días, luego semanas y, finalmente meses de privación. Requerida por K., la mujer alegaba cansancio, aunque nunca se pronunciaba acerca de las causas de tal agotamiento permanente. Le pregunté si su mujer tenía un almohadón de plumas, pero las carencias de K. en el plano literario malograron mi chanza, y debí conformarme con la certificación de que todas las almohadas de la casa eran de espuma de goma.
K. me dijo que lo había intentado todo para reavivar el fuego de la pasión: cenas, disfraces, afrodisíacos, películas, clubes swingers… La mujer aceptaba todo con desgano, casi fastidiada por la persistencia de aquel hombre que (por motivos francamente misteriosos para mí) aún deseaba que ella lo deseara. La lista de recursos empleados se extendió durante un par de minutos más, pero no fue hasta que escuché la palabra parapsicología que el relato de K. se volvió interesante para mí.
Supuse que sólo alguien verdaderamente desahuciado podía confiar al universo de lo paranormal la tarea de procurarle sexo. Por supuesto, me permití imaginar algunas situaciones posibles: K. acariciando muñecas vudú en sus zonas erógenas, sacrificando gallinas en medio de un trance, invocando espíritus licenciosos con una tabla ouija…
La verdad resultó ser más atractiva. K. había adquirido por correo un kit que entrenaba en el uso de la energía mental con fines performativos. La técnica (un tanto circular en su concepción) consistía en sublimar la libido para utilizar la energía mental resultante en la consecución de la entrega carnal de la persona deseada. Hombre disciplinado y de pocas luces, K. prescindió hasta de las fantasías a fin de acopiar suficiente energía mental como para torcer la voluntad de su arisca mujer pero, en mitad del proceso, cedió a la propia carne. K. cifró en aquel pequeño desliz onanista el fracaso del método, y se excusó varias veces por su debilidad en tal sentido. Yo le comenté que, luego de tres meses de no ejercitar su miembro viril, lo menos que podía hacer un sujeto medianamente sano era permitirse una paja, y que acaso el fracaso del método se debiera a que era claramente inadecuado en términos científicos y una estafa en términos legales. Imaginé por un segundo el calvario de aquel hombre que desde hacía seis meses venía olvidando progresivamente la consistencia, los olores y la temperatura del cuerpo de la mujer que aún yacía a su lado por las noches, y que apenas si se había permitido una modesta autosatisfacción para luego sumergirse en la culpa.
Fue en ese instante que, frente a aquel individuo devastado, sentí la necesidad de poner un coto tanto a su calentura como a la intervención de los charlatanes de revista semanal y sus costosas, alambicadas e ineficaces recetas. Hurgué en mi billetera y ahí encontré, aguardando a un sujeto desesperado, la tarjeta de Marcia, la Anaconda Brasileña, ciento veinte – sesenta y cuatro – noventa y siete, una hora completa con todos los chiches, y por una módica suma que, sabía, no alteraría la economía de K. en lo más mínimo.
K. me miró con lágrimas en los ojos, emocionado acaso por haber tenido la solución a su alcance todo el tiempo. Se levantó casi de un salto, quizás impulsado por toda aquella energía acumulada durante meses de infructuosa privación, y abandonó el bar, no sin antes dejar pago su café e impago mi capuccino. Lo saludé sonriente desde la mesa, seguro de que Marcia le entregaría a K. algo de felicidad y a mí el diez por ciento de la tarifa, como habíamos arreglado en estos casos.
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