Der junge Wörter

Escritos de toda laya

Biotipos de trabajo Enero 4, 2009

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 9:51 pm

Tras su compulsiva internación en una institución frenopática de renombre, nuestro antropólogo amateur decide adentrarse esta vez en el desolador universo de quienes fatigan irremediablemente sus días y sus noches en oficinas y demás escenarios de la tragedia laboral de Occidente. Su propósito: revelarnos una desesperanzada galería de especímenes dignos de estudio. A continuación, su escrupulosa taxonomía.

• El Mateo. Masoquista autocompasivo. Este lastimoso percherón del universo laboral lleva en sus hombros la marca del arnés que diariamente se calza para tirar solito del carro de la empresa mientras los jefes revuelven sus bolsillos en busca del más que merecido terroncito de azúcar. Sacrificado patológico, acumula tareas y responsabilidades que sus compañeros generosamente le ceden mientras saltan ágilmente sobre el trampolín de su espalda en busca de los puestos que él nunca se atreverá a codiciar. Resopla todo el tiempo, pero no atina a repartir coces a quienes culpa de su situación. La indignación que produce su inofensividad mueve con frecuencia a la combustión espontánea.

• El monaguillo. Maestro en el arte de secundar, prescinde de iniciativa de modo mililtante. A diferencia del salmón, sólo nada a favor de la corriente, y siempre y cuando alguien lo remolque: sus compañeros le resuelven los trabajos, sus jefes absorben sus responsabilidades y sus empleados se hacen cargo de sus errores. A fuerza de corrección en los modales, escritorios ordenados y camisas discretas, se hace querer por sus superiores, siempre deseosos de recompensar la genuflexión, la carencia de ideas y la intrascendencia profesional de sus acólitos. Porque ¿a quién no le gusta estar rodeado de empleados que no proyectan sombra alguna?

• El comunista unidireccional. Mestre de la socialización del mérito, expropia compulsivamente los dividendos del trabajo ajeno. Debido a la privación de leche materna en la temprana infancia, persigue con desesperación el reconocimiento de cualquier figura de autoridad que ocupe el lugar de su progenitora. Su método consiste en enturbiar ostensiblemente el producido laboral de sus colegas, operación que lleva a cabo, en el trayecto hacia los despachos de los jefes, mediante el secuestro y la adulteración de toda idea u objeto generado por sus pares: la inserción de gratuitos signos de puntuación en copiosos informes de vecinos de escritorio; el comedido ejercicio de la glosa sobre esforzados proyectos de colegas; la sustracción, licuefacción y condimentación de dignas creaciones de cerebros aledaños… Toda confiscación de porotos ajenos resulta materia de orgullo, acaso porque la gloria laboral se encuentra ahí nomás, a unos cortos manotazos de distancia.

• El optimista mórbido. Adalid de la negación, se intoxicó durante la niñez con aquello de que “Crisis significa peligro y oportunidad”. Posee la capacidad de urdir el lado positivo de casi cualquier escenario: logra ver un despido como “una oportunidad para un nuevo comienzo” o un fin de semana súbitamente laborable, como “una ocasión para conocer mejor a sus compañeros”. Su espíritu feliz resulta tan flagrante que sus víctimas suelen resignar la venganza por temor a que la interprete como un aprendizaje.

• El rinoceronte desbocado. Terrorista verbal, actúa sobre compañeros y empleados con la impunidad de un interrogador de la prisión de Guantánamo. Manotea golpes bajos a discreción para zanjar situaciones de la vida laboral: un primo lejano alcohólico, una configuración facial poco afortunada, un trauma de la infancia, una renguera, el gusto en la elección de la ropa… cualquier dato personal de la víctima es útil para justificar la negativa a un aumento de sueldo postergado permanentemente, para la asignación de una tarea hercúlea en tiempos imposibles y sin recursos o para la denigración con fines disciplinarios. A fin de eludir el mal karma de su accionar, se fragua una imagen de sí mismo en la que la lisa y llana crueldad es maquillada como una franqueza hormonal e ingobernable.

• El caballo del comisario. Pariente lejano del anterior, sostiene su impunidad para el maltrato con la palanca que lo depositó en el puesto que usurpa. Por lo general, su talento, conocimiento y experiencia mantienen una relación inversamente proporcional con la imagen superlativa que tiene de sí mismo. Su primer día de trabajo suele parecerse a uno de esos documentales de la National Geographic en los que el joven mandril recién llegado pretende destronar al viejo macho y demostrar que está para más: orina en todos los escritorios para dejar en claro que todo distrito es suyo; reparte golpes entre los animales viejos de la oficina para que vean que la sangre nueva llega para quedarse… Todo con la venia del director de la empresa, que usualmente es un pariente. Suele provocar renuncias masivas de compañeros y empleados que se asemejan a estampidas.

• El fan. Marcado a fuego por la falta de figuras parentales sólidas en su niñez más tierna, opta por adherirse a cualquier espécimen de oficina lo suficientemente fuerte como para oficiar de role model. Su edipo desenfrenado se traduce en una veneración digna de la Difunta Correa: en las palabras de su progenitor sustituto, el fan halla sabiduría infinita; en sus actos, justicia y mesura; en su apariencia, belleza y armonía… Por regla general, el individuo beatificado de facto carece de todas esas virtudes que su inesperado devoto se afanará en endilgarle, pero, se sabe, el ejercicio militante de la negación es un viaje de ida…

• El progre de barro. Mesías del travestismo ideológico. Desde el llano y en condiciones de laboratorio, siempre está del lado del pueblo. Compra Página; escucha a Silvio, a Pablo y a todo cantante con compromiso pero desprovisto de apellido; ve sólo películas europeas e iraníes y las debate en la pecera para fumadores de La Paz; lee a Cortázar, a Galeano y a Benedetti; y siempre votó izquierda… Pero cuando las papas queman, abjura de su fe como quien deja el cigarrillo, y asume el discurso patronal con la aterradora virulencia de los conversos: aconseja despidos, sugiere recortes, denuncia llegadas tarde y asesora en el disciplinamiento irrenunciable de sus compañeros y empleados. A pesar de su funcionalidad al esquema empresarial, sus jefes suelen temerle.

• El ignorante. Solipsista desde la cuna, su percepción de lo que lo rodea no alcanza a trascender la epidermis. A su paso, numerosas vidas sucumben sin que él reciba el más mínimo indicio. Su rutina nunca sufre alteraciones porque es incapaz de registrar el contexto: llega, ficha, trabaja, almuerza, trabaja y se va, sin aprenderse nunca los nombres de sus empleados, compañeros y jefes más que el tiempo necesario para interactuar con ellos de nueve a seis. Su talento para el autismo lo hace con frecuencia objeto de sana envidia.