Der junge Wörter

Escritos de toda laya

Perú (II) Marzo 30, 2009

Archivado en: Narraciones — derjungewoerter @ 12:29 am

Leaving Lima (Intermezzo)

La ruta del minibus no replica la que había seguido, menos de veinticuatro horas antes, para conducirnos al San Agustín Colonial. Vamos en busca de otros pasajeros que también vuelan a Cusco. El hecho de que sea de madrugada me hace sentir que es más un viaje de vuelta que de ida.

Tania vive en Santos. Es brasileña, y rubia, y simpática en su portuñol obligado. Capto jirones del diálogo que mantiene con la mitad de nuestra pareja que habla portugués. El minibús sigue una ruta apta para desorientar al fantasma de Pizarro mientras vamos en busca de los últimos trippers.

Última parada: el Marriott. Resulta que había un mundo mejor, pagadero con salarios en dólares. De golpe percibo que en el reducido espacio del minibus se cristalizan las tres castas arquetípicas del turismo. Small, medium, large.

Eloy García y su mujer nos saludan en inglés, que es lo que ellos esperan que nosotros esperemos de ellos. La presunción de extranjería es un reflejo condicionado, en estas circunstancias. Eloy es corpulento, siendo benévolos. Alcanzó el grado de obesidad que es típico en los estadounidenses, tan notorio como despreocupado, y se viste de riguroso turista. Su mujer me recuerda a un personaje de Dallas, ataviada como para un almuerzo campestre en la finca de la familia Ewing. De su atuendo, que combina blusa con flores y pantalón blanco, lo que me inquieta un poco son los anteojos de sol y el sombrero, quizás porque son las tres y media de la madrugada.

Alguna palabra que, de modo inocente, intercambiamos Vero y yo desata un diálogo con los García, tan amable como asimétrico en su abrumador spanglish. Los García son de Texas. Tienen un rancho y algunas otras posesiones que ignoramos, pero que representan la clase de bienestar que casi todos querríamos tener a su edad. Sobre todo lo de los viajes. Tienen, también, gran cantidad de palabras para explicarnos su país, y nos las brindan generosamente mientras el chofer maniobra en la madrugada limeña y la trasladista chequea todos nuestros vouchers.

El aeropuerto luce levemente distinto a esa hora. Está casi tan poblado como cuando llegamos, pero pretende la intimidad que la noche suele conferir a casi cualquier cosa. La trasladista corre a jugar simultáneas con otros contingentes mientras hacemos el check-in. Pongo mi mejor cara de inocente cuando me preguntan si llevo algún líquido en el equipaje de mano. En verdad, llevo un frasquito de lágrimas en el bolsillo de las bermudas, que espero que nadie detecte; la gente de seguridad suele ser poco solidaria con los que usamos lentes de contacto. Despachado el equipaje, nos encaminamos al primer piso, y a la gate correcta. Vero cambia algo de dinero, no vaya a ser que lleguemos con pocos Soles a Cusco. El cambio aquí es mucho menos usurario que en Ezeiza.

La voz metálica de siempre, la misma de todos los aeropuertos del mundo, nos convoca a abordar el vuelo de TACA con destino a Cusco. Quizás nos volvamos a cruzar con Tania y con los García, a ver si podemos impulsar la gran unidad continental.

Atentos a la meteorología como sólo pueden estarlo los turistas, preguntamos por el tiempo. En Cusco, como era de esperar, llueve.