El pesador de almas

–Cientocincuenta de bondiola, señorita.

No me había dado cuenta de su existencia hasta que habló. Tampoco de que se había colado de manera tan casual como irrefutable. Comprendí de inmediato que los veinte minutos que llevaba esperando la módica atención de la fiambrera le importaban tres carajos a ese invasor.

–Cientocincuenta del jamón cocido de la oferta, también, por favor, señorita.

Le dediqué al sujeto una mirada fulminante que se pretendía condena, pero la ignoró con la misma eficacia con la que había desmentido el orden inapelable de los números en el contexto de cualquier comercio.

—Me da también cientocincuenta de mortadela.

Resignado como estaba a la clara derrota que había sufrido, abandoné cualquier idea de reivindicación y me me aboqué a observar detenidamente al sujeto. En primera instancia, lo encontré parecido a un tío abuelo fallecido hace algunos años. No tanto por sus rasgos, sino por una cuestión de uniforme generacional. Creo que lo primero que noté fueron los zapatos acordonados color cereza, que recordaba —de mi infancia— lustrados con una destreza rayana en la maestría.

—Cientocincuenta de fiambrín, también, yaquestamos.

El traje, que no era un traje, se componía de un saco y un pantalón emparejados con notable esfuerzo. El uno, cruzado, gris con detalles marrones en las solapas, claramente de invierno. El otro, marrón, lo suficientemente fino como para verano, y algo corto, permitía adivinar las medias a cuadros azul marino y gris. Leí en esa Gestalt el viajante de comercio que alguna vez fue.

—Y cientocincuenta de queso, así ya estamos.

Lo miré extirpar con su mano izquierda los billetes arrugados del bolsillo del pantalón. Con la derecha sostenía, precariamente, el paquete de fiambre y un pequeño bolso que supo ser de cuero.

—Hasta luego, señorita —dijo. Mientras pasaba por delante de mí, me dedicó durante un segundo más o menos eterno una mirada agradecida, que intuí producto de alguna forma de culpa.

Apuró el paso, atravesó la cortina de plástico del local y desapareció en el resplandor insoportable del mediodía. Olvidada la digresión de su presencia, el universo de la fiambrería retomó la vulgaridad ordenada que tanto me agradaba.

Entonces escuchamos la frenada. Y el necesario impacto seco, adornado por algunos crujidos, como de ramas quebradas. Presentimos los gritos. corrimos hacia la entrada, movidos por la necesidad de constatar que se trataba de un accidente.

Cuando atravesé la cortina de plástico y superé la ceguera que me causó el sol del mediodía, vi el colectivo detenido. Debajo, apenas detrás de los neumáticos delanteros, alcancé a distinguir unos zapatos color cereza.

Me pregunté si había muerto de inmediato, si había partido de un modo tan abrupto como había aparecido delante de mí en la fiambrería. Recordé, a propósito de la muerte, que alguna vez había visto una aburridísima película coral de algún director mexicano. Me pregunté si aquel peso que postulaba para las almas podía ser exacto.

Miré nuevamente los zapatos color cereza debajo del colectivo.

Imaginé un número en la balanza.

Y no pude evitar sonreír.

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    • paula erre
    • 14/12/11

    Tremendo!

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