El ocio despierta apetitos más o menos peligrosos. Uno de ellos es el saber acerca de.
Hay algo malsano aunque ineludible en rastrear el presente de quienes fueron nuestro pasado. Googlear nombres. Chequear resultados. Y comparar. ¿Cómo les fue en la vida desde que dejamos de vernos?
A cierta edad, uno necesita que a esos otros les haya ido más o menos como a uno. No siempre pasa. Y ahí hay que manotear los antidepresivos.
Por ejemplo: un tipo que uno conoció cursando en la FADU aparece ahora como un exitoso empresario, sus trabajos de motion graphics se ven en VH1 y MTV, ostenta algunos premios internacionales, y recluta gente para su oficina de Buenos Aires (parece que la de Miami ya está completa). Vaya.
Casos de ésos, el aciago día en que decidí consagrarme a esta exploración, encontré varios. Por supuesto, esto conduce a innumerables reflexiones en torno de la tonicidad de las propias piernas para trepar los peldaños de la empinada escalera social.
Vero dice que uno tiene que hacerse cargo de las propias elecciones, y de los precios que uno está o no está dispuesto a pagar. Me pregunto, entonces, si me bancaría volver a trabajar en una agencia sólo porque ahí se mueve casi tanta guita como en el narcotráfico. Se labura sin horario. Hay mucho cliché (bueno, la clase de cliché que a uno no le genera ni siquiera ternura), como el del creativo corporate (ropa deportiva de los concept stores de Nike, &cetera) y el ejecutivo de cuentas loosen (traje filoarmani). Hay mucha reflexión, también, acerca de la polisemia de un comercial de salchichas, acaso porque ahí se demuestra que se oteó la economía del signo de Baudrillard en la facu.
No, no me lo bancaría.
Entre mis colegas hay mucho émigré, presencial y remoto. Barcelona, Madrid, Roma, Berlín, Londres, rankean bien entre los primeros. Santiago, México DF y Miami (la favorita), entre los segundos. La partida o el roce internacional (Europa y Estados Unidos) son casi imprescindibles para el éxito. Casi nunca es al revés. No conozco muchos europeos o norteamericanos que consideren un avance profesional mudarse a Buenos Aires. La relación debe ser asimétrica. Realismo periférico, que le dicen.
Yo tampoco soy el tipo que era. No me veía trabajando de esto (la vaguedad obedece a la imposibilidad de una denotación satisfactoria). No me imaginaba con Vero, con Gastón. No me suponía estudiando batería, aunque más no fuera como medida terapéutica, sin visos utilitarios y de proyección internacional. No creía que me autopublicaría en este espacio, cuando menos más visible que mis viejos cuadernos grunge. Y de a ratos se me ocurre pensar, siquiera como precario consuelo, que quizás haya ahí fuera algunas personas tratando de saber qué fue de mí desde que dejamos de vernos.
Por ahí se sorprenden.
RSS - Posts