Der junge Wörter

Escritos de toda laya

Und endlich kam das Kind Agosto 20, 2009

Archivado en: Narraciones — derjungewoerter @ 1:09 am

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Se precipitó.

Digo: él (Gastón) se/nos precipitó, gambeteando pronósticos.

Acaso guiado por su pequeña gran voluntad, eligió el día que parecía menos oportuno: la obstetra de Vero había viajado a Roma, y no volvería hasta septiembre; la partera oficial se iba a ausentar de la ciudad sólo ese día en el mes; apenas si habíamos tenido una consulta con la nueva obstetra; era el cumpleaños de su abuela paterna; sería el cumpleaños de su abuelo materno; Vero no había tenido una sola contracción; era un día de invierno con treinta grados de temperatura.

Quiso ser de Leo, pensamos. Quiso tener la nariz y la boca de su madre, y los cachetes y la pera de su padre. Quiso medir cuarenta y siete centímetros, sostener aceptablemente la cabeza a los dos días de vida, y mirar todo con unos grandes ojos que por ahora parecen grises.

Qué pendejo bravo.

PD 1: ah, la sinopsis del sábado quince. Vero comenzó con pérdidas, nos levantamos temprano, aguardamos un tiempo prudencial, llamó a la partera, aguardamos otro tiempo prudencial, las pérdidas aumentaron, llamó a la partera, nos enviaron a la guardia de la Trinidad (hay gente que quiere accidentarse sólo para pasar un rato ahí; yo no los entiendo, aunque el lugar es bonito), nos atendió una burócrata, nos hizo esperar, Vero dejaba un rastro de líquido amniótico a su paso, nos llamaron a consultorio, nos atendió el doctor Najún (que se parecía a Berti Damonte), revisó a Vero y resolvió con amable sequedad que nos quedábamos, nos mandaron a un box de la guardia, a Vero le dieron una bata, le hicieron un monitoreo, Gastón latía como un condenado, nos tranquilizamos, (des)esperamos por la partera, vinieron mis viejos, llamó Romina, yo caminé cinco kilómetros en un cuarto de dos por dos, llegó la partera, tramitó la habitación de preparto, llegó la silla de ruedas para Vero (parecía Stephen Hawking), se la llevaron, la seguí a Preparto, la partera la revisó, Gastón estaba a la altura del esternón, Vero desconocía lo que era tener una contracción, vino Belén (la nueva obstetra), cerré los ojos para pestañear y cuando los abrí se estaba llevando a Vero al quirófano, era cesárea sin inducción, corrí al vestuario, me vestí de helado de sambayón con pies de pistaccio, aguardé en un cubículo de uno por uno, me vinieron a buscar, me lavé las manos, me puse el barbijo, me llevaron al quirófano, Vero estaba en la mesa de operaciones, por el costadito-pegado a la pared-hasta el fondo, me senté detrás de Vero para ver el teatro de títeres de los cirujanos, Belén me dijo que ya casi estaba, el anestesista apretó el abdomen de Vero como si fuera un enorme grano, se bajó el telón azul, magia, los profesionales de la salud extrajeron a Gastón del interior de su madre (el anestesista dijo que tiene unas grandes bolas), le cortaron el cordón y lo pusieron encima de Vero, nos emocionamos, el neonatólogo capturó a Gastón y me invitó a seguirlo, me llevaron al laboratorio de Viktor Frankenstein, pusieron a Gastón en una ensaladera, le efectuaron la clase de pruebas que los extraterrestres infligen a los abducidos, lo bañaron, lo envolvieron cual canelón y me lo entregaron, me hicieron firmar papeles importantes, le hicieron imprimir sus piecitos en unos papeles, me invitaron a volver al quirófano con Gastón en brazos, por el costadito-pegado a la pared-hasta el fondo, me senté detrás de Vero, le pusieron a Gastón en el pecho mientras le pasaban una Ultracomb pot el abdomen, nos emocionamos, me invitaron a retirarme, volví al vestuario, recuperé mi ropa y los tres bolsos que llevaba encima, salí y me encontré con mis viejos y con Romi, les conté todo esto, corrí al ascensor, tercer piso, habitación 374, uy tenía que esperarla a Vero en la puerta de Preparto, bajé corriendo, esperé, la trajeron en la camilla con Gastón adherido cual sanguijuela, subimos a la habitación y nos preparamos psicológicamente para recibir innumerables visitas y para comenzar nuestra nueva vida.

PD2: el link para ver algunas fotos más. http://picasaweb.google.com/LucasFronteraSchaellibaum/LlegaGaston?feat=directlink

 

Perú (II) Marzo 30, 2009

Archivado en: Narraciones — derjungewoerter @ 12:29 am

Leaving Lima (Intermezzo)

La ruta del minibus no replica la que había seguido, menos de veinticuatro horas antes, para conducirnos al San Agustín Colonial. Vamos en busca de otros pasajeros que también vuelan a Cusco. El hecho de que sea de madrugada me hace sentir que es más un viaje de vuelta que de ida.

Tania vive en Santos. Es brasileña, y rubia, y simpática en su portuñol obligado. Capto jirones del diálogo que mantiene con la mitad de nuestra pareja que habla portugués. El minibús sigue una ruta apta para desorientar al fantasma de Pizarro mientras vamos en busca de los últimos trippers.

Última parada: el Marriott. Resulta que había un mundo mejor, pagadero con salarios en dólares. De golpe percibo que en el reducido espacio del minibus se cristalizan las tres castas arquetípicas del turismo. Small, medium, large.

Eloy García y su mujer nos saludan en inglés, que es lo que ellos esperan que nosotros esperemos de ellos. La presunción de extranjería es un reflejo condicionado, en estas circunstancias. Eloy es corpulento, siendo benévolos. Alcanzó el grado de obesidad que es típico en los estadounidenses, tan notorio como despreocupado, y se viste de riguroso turista. Su mujer me recuerda a un personaje de Dallas, ataviada como para un almuerzo campestre en la finca de la familia Ewing. De su atuendo, que combina blusa con flores y pantalón blanco, lo que me inquieta un poco son los anteojos de sol y el sombrero, quizás porque son las tres y media de la madrugada.

Alguna palabra que, de modo inocente, intercambiamos Vero y yo desata un diálogo con los García, tan amable como asimétrico en su abrumador spanglish. Los García son de Texas. Tienen un rancho y algunas otras posesiones que ignoramos, pero que representan la clase de bienestar que casi todos querríamos tener a su edad. Sobre todo lo de los viajes. Tienen, también, gran cantidad de palabras para explicarnos su país, y nos las brindan generosamente mientras el chofer maniobra en la madrugada limeña y la trasladista chequea todos nuestros vouchers.

El aeropuerto luce levemente distinto a esa hora. Está casi tan poblado como cuando llegamos, pero pretende la intimidad que la noche suele conferir a casi cualquier cosa. La trasladista corre a jugar simultáneas con otros contingentes mientras hacemos el check-in. Pongo mi mejor cara de inocente cuando me preguntan si llevo algún líquido en el equipaje de mano. En verdad, llevo un frasquito de lágrimas en el bolsillo de las bermudas, que espero que nadie detecte; la gente de seguridad suele ser poco solidaria con los que usamos lentes de contacto. Despachado el equipaje, nos encaminamos al primer piso, y a la gate correcta. Vero cambia algo de dinero, no vaya a ser que lleguemos con pocos Soles a Cusco. El cambio aquí es mucho menos usurario que en Ezeiza.

La voz metálica de siempre, la misma de todos los aeropuertos del mundo, nos convoca a abordar el vuelo de TACA con destino a Cusco. Quizás nos volvamos a cruzar con Tania y con los García, a ver si podemos impulsar la gran unidad continental.

Atentos a la meteorología como sólo pueden estarlo los turistas, preguntamos por el tiempo. En Cusco, como era de esperar, llueve.

 

Perú (I) Marzo 16, 2009

Archivado en: Narraciones — derjungewoerter @ 10:13 am

No rain

En Lima no llueve. Es casi lo primero que nos dicen al llegar, tras el riguroso bienvenidos. No llueve, claro, como en Buenos Aires: tormentas histéricas, taimadas, ensayos de diluvio universal a escala argentina, menguadas aunque pretenciosas, y capaces de cagarte la vida en pocos minutos. Los milagros de la geografía determinan que en el Océano Pacífico, no demasiado lejos de las costas de la ciudad, la fría corriente de Humboldt impugne el clima tropical que le corresponde a Lima por latitud, y produzca un tenso fenómeno atmosférico: hay evaporación, pero la nubosidad que se produce no asciende lo suficiente como para condensar y precipitar en forma de lluvia. Lima queda cubierta casi todo el año por una neblina que esmerila a Inti y procura humedad a la vegetación urbana.

Salimos del aeropuerto de El Callao, y creo recordar algo de Historia Argentina. Algún fantasma sanmartiniano saliendo o llegando a El Callao. En barco, claro, en aquellos tiempos.

El minibus nos conduce al hotel. Me distraigo con los pintorescos colectivos limeños, que parecen tener un sentido del color mucho más vital y más práctico que los de Buenos Aires. No tomo fotos por cierto pudor de recién llegado, como si tuviera que cumplir con algún plazo de prueba. El Callao no es un distrito tan atractivo para el turista. La clase de viviendas y comercios que recuerdan vagamente al conurbano menos próspero del AMBA, aunque franqueados por el Pacífico a un lado, y por las montañas al otro. Siempre es un consuelo, ese paisaje.

El trasladista nos recita los básicos de Lima: clima, algo de historia, organización política. Lima es un festival de distritos, cada uno con su autoridad propia, y una sola autoridad metropolitana. Como en El Silmarillion, que voy leyendo. Un solo anillo para gobernarlos a todos. Así que cada vez que entramos en otro distrito (o barrio, para que yo lo entienda mejor) nos recibe un cartel de Bienvenidos a. El trasladista nos explica que nuestro hotel está en Miraflores, un barrio con fama de chic en el que viviera alguna vez Mario Vargas Llosa, antes de relocalizarse en Europa. Hoy en dia, las clases más acomodadas migran a otros distritos más lujosos y abandonan Miraflores a la implacabilidad de los turistas como nosotros.

Bienvenidos a Miraflores. La arquitectura me recuerda vagamente a la de Amsterdam. Los edificios no son muy altos, son más bien prismáticos, sin salientes ni balcones, con ventanas corredizas (grandes y muchas). Acaso sea, como en los nubosos países del norte de Europa, para aprovechar cada mínima partícula de luz diurna. La gran diferencia, el detalle que recorta este distrito de la memoria de las Europas, pasa por el uso del color, un ítem valioso para casi toda América Latina, salvo para Buenos Aires. Se me podrá enrostrar el color de Caminito, claro. No, amigos, lo de Lima no es el cocoliche visual. Hay ocres, y celestes, y verdes, pero armónicamente combinados. Lo más parecido que se me ocurre son las casa palermitanas en las que, como gambeteo al convencionalismo, sólo una pared del blanco interior se pinta de naranja. Pudor cromático, digamos, con afán de rebeldía. Pero en Lima, como en otras ciudades de América Latina, el color es parte del paisaje, es signo de lo vital. Acaso por eso no haya evidencia de impostura, como puede haberla en la Reina del Plata. Aquí, el color es genuino.

El trasladista nos traslada por la nueva costanera, mérito que se arroga el actual alcalde metroplitano, un paisaje aún en construcción pero promisorio. Se le roban unos metros de playa al mar, se parquiza, se ponen bancos y juegos, el Pacífico a un lado, los Andes al otro. Pienso en Buenos Aires y envidio a Lima.

El San Agustín Colonial queda en Comandante Espinar 310. Esto es Miraflores, una de las escalas urbanas más próximas a Barranco, la nueva zona de moda, de edificios lujosos a pasitos del océano Pacífico. Pisos de doscientos metros cuadrados a unos módicos cuatrocientos o quinientos mil dólares. Nuestra morada es algo más modesta, aunque pertenece a un distrito acomodado, pletórico de servicios para sus moradores, ya sean permanentes u ocasionales.

El cuarto que nos toca, el 211, está en el segundo piso que, en verdad, es el primero. En Perú, no se habla de planta baja, así que nos acostumbraremos a sumar una unidad a cualquier número de piso que pensemos con lógica argentina. La decoración hace honor al adjetivo que completa el nombre del hotel. En esos pasillos y lobbys tenemos nuestro primer contacto con el devastador efecto hispánico en las artes peruanas: las paredes abundan en desconocidos nobles y figuras religiosas made in la Madre Patria (o autóctonos, pero tamizados por criterios virreinales).

La habitación es pequeña y algo oscura. Da al contrafrente. A Vero no le gusta mucho que digamos, sensación que verbalizará con cierta frecuencia hasta que abandonamos el hotel para nuestra primera incursión en la ciudad. Solitos, como buenos aventureros.

Lo primero, en estos casos, es caminar hacia arriba y hacia abajo por la avenida del hotel, para reconocer el espacio. Casi de inmediato, descubrimos no menos de seis locales de comida, incluyendo al célebre (pero desconocido en Argentina) KFC, es decir, Kentucky Fried Chicken, cuyos manjares nunca nos atreveremos a probar durante nuestra estadía, no vaya a ser que se nos dispare el colesterol. La primera caminata revela algunos detalles interesantes. Uno: como nos habían anticipado, en Perú se come barato. Lo que en Buenos Aires puede costar treinta, en Lima puede costar doce. Dos: los kioskos de golosinas no son locales, sino pequeños puestos, como los de diarios. Tres: Lima, como tantas otras ciudades de América Latina, tiene bastantes bulevares.

Tras las llamadas familiares de rigor desde un amable locutorio, incursionamos en el supermarket (el vocablo inglés es el habitual para esos casos). Vivanda es grande y, quizás por hallarse en Miraflores, se parece a los fenecidos Norte, con un evidente afán por ofrecer al cliente un ambiente cordial, sofisticado y tentador. Además de algunos manjares peruanos (snacks de maíz salado, la popularísima Inca Kola) las góndolas revientan de delicatessen internacionales de todo orden. Así da gusto. Adquirimos un par de ítems baratos, hacemos nuestro segundo pago en Soles, y partimos a planear nuestra primera excursión, porque ninguno quiere volver al hotel ahora.

En Perú hay taxis, pero no taxímetros. El valor de la tarifa se negocia con el chofer antes de subir al auto, en general sobre una cierta base definida por el mercado. Vamos al museo arqueológico. Nos advirtieron en el hotel que el viaje a Pueblo Libre (el distrito en el que se encuentra el museo) nos debería salir unos doce Soles, y que tomemos taxis de color negro o amarillo. Transamos en catorce con el chofer de un auto negro, y partimos a la expedición arqueológica.

El conductor nos piensa franceses hasta que nos escucha hablar un español demasiado fluido aunque sin acentos. Ahí nos confesamos argentinos y de Buenos Aires, y el hombre se extraña de que no usemos tanto el che y, sobre todo, de que no hablemos a los gritos (Dios libre algún día al mundo de los turistas porteños que nos representan mayoritariamente en el exterior). El chofer responde nuestras preguntas acerca del estado presente del Perú con una amabilidad y una sensatez desconocida entre los taxistas porteños, afectos al linchamiento y los dogmas inapelables. Parece que la segunda oportunidad de Alan García viene mejor que la primera, y el país recupera empleo y producción, y repatria ciudadanos otrora emigrados a la caza de un sueño anglosajón.

Pueblo Libre resulta ser un distrito más colonial que Miraflores. Bajamos del taxi en la Plaza Bolívar y malinterpretamos la indicación que nos da el chofer, así que inicialmente pretendemos ingresar en una guarnición del Ejército. Amablemente, los uniformados de la guardia nos redireccionan.

El Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú es una gran casa colonial, y detrás de la aparente simpleza distributiva según la cual las salas se ordenan en torno de un impecable patio, los pasillos se irradian y se ramifican infinitamente hacia los fondos en más y más cámaras. Iniciamos el recorrido con la escrupulosidad de estudiantes, apegándonos al riguroso orden cronológico según el cual el recorrido fue diseñado. Una enorme cantidad de evidencias materiales (vasijas, herramientas, telas) junto con reproducciones, maquetas e infografías, da cuenta de una (pre)historia del Perú que data de los primeros años de la humanidad. Resulta que había habido algo antes de los módicos cien años reales del imperio Inca y las peinetas virreinales, pero nuestras clases de Historia escolar optaron por ahorrarnos la complejidad del tema.

Casi dos horas nos toma recorrer el museo, y estamos seguros de que aún hay salas que no vimos, pero los cuerpos se hallan devastados por el vuelo de madrugada y las tres horas que se agregan a nuestro día por la diferencia horaria con Perú. Compramos algún presente en la tienda del museo, repleta, como corresponde, de angloparlantes, y nos retiramos en busca de un lugar donde almorzar. El guardia del museo nos recomienda El Bolivariano, un restaurante con una buena fama, por lo que nos dicen, así que nos largamos por las callecitas angostas de Pueblo Libre mientras rumiamos la sensación que nos dejó el museo y ese primer contacto con lo que fuimos a buscar a Perú. Por lo pronto, nos queda claro que los peruanos (al menos en sentido institucional, para empezar) tienen una conciencia muy fuerte de su patrimonio cultural.

Rodeado de casitas coloridas y algunos bares centenarios, encontramos El Bolivariano. Anticucho (brochettes de corazón de res) con papas fritas. Pocas palabras, un estómago feliz y la energía suficiente para emprender la vuelta al hotel.

Antes del taxi, incursionamos en otro supermarket, menos glamoroso que Vivanda pero igualmente surtido. Nos falta un agua mineral para lavarnos los dientes (la miríada de advertencias acerca de los efectos devastadores del agua corriente peruana surtieron efecto) y un adaptador para todos nuestros cargadores. Resulta que en Perú, las patitas de los enchufes son dos y paralelas, y no oblicuas, como en Argentina. Toda la arquitectura inca se basa en una leve oblicuidad antisísmica de las paredes, pero los malditos enchufes tienen patas paralelas. Partimos con el agua y sin el adaptador, de vuelta al San Agustín Colonial, doce o trece Soles, gracias, que tenga buenas tardes.

Llegamos a las cinco, más o menos. Encendemos el televisor (gesto automático que todo turista efectúa ni bien entra en su habitación) y decidimos descansar un poco. Con intermitencias, dormimos hasta las dos de la mañana, hora en la que nos levantamos, casi carecientes de conciencia espaciotemporal, para tomar el café que el hotel nos ofrece, aunque nadie desayuna tan temprano. La trasladista pasará a buscarnos un rato después para conducirnos hacia el aeropuerto. Es que nos vamos para Cusco, y salir tan temprano nos permitirá aprovechar el día allá, siempre y cuando no llueva, porque en Cusco el clima no es tan predecible en cuanto a lluvias. Se sabe, en Lima no llueve. En el mejor de los casos, garúa.

 

Fracasos de la parapsicología Febrero 4, 2008

Archivado en: Narraciones — derjungewoerter @ 2:04 am

Apenas entré en el bar, lo descubrí sentado en el rincón más lúgubre. K. ejecutó una serie de gestos nerviosos con el objetivo de guiarme a través del laberinto de maderas carcomidas que oficiaban de mobiliario comercial. Me dejé conducir mientras elaboraba, veloz, alguna hipótesis que explicara el tono levemente desesperado que había detectado a través del teléfono una hora antes. Tan pronto arribé a su mesa, K. me señaló una silla con la mirada; comprendí, entonces, que acarreaba la clase de secreto que sólo se mantenía a raya recurriendo a la comunicación no verbal. Estaba necesitado de catarsis, y accedí a escucharlo al tiempo que demandaba del más decrépito de los mozos del staff un capuccino a la italiana.

K. me explicó que todo había comenzado seis meses atrás. Su mujer (una dama robusta a quien yo había conocido en alguna fiesta y a quien había olvidado de inmediato y con envidiable facilidad) había cesado de desearlo. Bueno, no había sido tan de golpe, por supuesto. Había comenzado como suelen hacerlo estas cosas: gradualmente, sumando, primero, días, luego semanas y, finalmente meses de privación. Requerida por K., la mujer alegaba cansancio, aunque nunca se pronunciaba acerca de las causas de tal agotamiento permanente. Le pregunté si su mujer tenía un almohadón de plumas, pero las carencias de K. en el plano literario malograron mi chanza, y debí conformarme con la certificación de que todas las almohadas de la casa eran de espuma de goma.

K. me dijo que lo había intentado todo para reavivar el fuego de la pasión: cenas, disfraces, afrodisíacos, películas, clubes swingers… La mujer aceptaba todo con desgano, casi fastidiada por la persistencia de aquel hombre que (por motivos francamente misteriosos para mí) aún deseaba que ella lo deseara. La lista de recursos empleados se extendió durante un par de minutos más, pero no fue hasta que escuché la palabra parapsicología que el relato de K. se volvió interesante para mí.

Supuse que sólo alguien verdaderamente desahuciado podía confiar al universo de lo paranormal la tarea de procurarle sexo. Por supuesto, me permití imaginar algunas situaciones posibles: K. acariciando muñecas vudú en sus zonas erógenas, sacrificando gallinas en medio de un trance, invocando espíritus licenciosos con una tabla ouija…

La verdad resultó ser más atractiva. K. había adquirido por correo un kit que entrenaba en el uso de la energía mental con fines performativos. La técnica (un tanto circular en su concepción) consistía en sublimar la libido para utilizar la energía mental resultante en la consecución de la entrega carnal de la persona deseada. Hombre disciplinado y de pocas luces, K. prescindió hasta de las fantasías a fin de acopiar suficiente energía mental como para torcer la voluntad de su arisca mujer pero, en mitad del proceso, cedió a la propia carne. K. cifró en aquel pequeño desliz onanista el fracaso del método, y se excusó varias veces por su debilidad en tal sentido. Yo le comenté que, luego de tres meses de no ejercitar su miembro viril, lo menos que podía hacer un sujeto medianamente sano era permitirse una paja, y que acaso el fracaso del método se debiera a que era claramente inadecuado en términos científicos y una estafa en términos legales. Imaginé por un segundo el calvario de aquel hombre que desde hacía seis meses venía olvidando progresivamente la consistencia, los olores y la temperatura del cuerpo de la mujer que aún yacía a su lado por las noches, y que apenas si se había permitido una modesta autosatisfacción para luego sumergirse en la culpa.

Fue en ese instante que, frente a aquel individuo devastado, sentí la necesidad de poner un coto tanto a su calentura como a la intervención de los charlatanes de revista semanal y sus costosas, alambicadas e ineficaces recetas. Hurgué en mi billetera y ahí encontré, aguardando a un sujeto desesperado, la tarjeta de Marcia, la Anaconda Brasileña, ciento veinte – sesenta y cuatro – noventa y siete, una hora completa con todos los chiches, y por una módica suma que, sabía, no alteraría la economía de K. en lo más mínimo.

K. me miró con lágrimas en los ojos, emocionado acaso por haber tenido la solución a su alcance todo el tiempo. Se levantó casi de un salto, quizás impulsado por toda aquella energía acumulada durante meses de infructuosa privación, y abandonó el bar, no sin antes dejar pago su café e impago mi capuccino. Lo saludé sonriente desde la mesa, seguro de que Marcia le entregaría a K. algo de felicidad y a mí el diez por ciento de la tarifa, como habíamos arreglado en estos casos.