Der junge Wörter

Escritos de toda laya

Obsesiones Agosto 4, 2009

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 11:08 pm

Alguna vez incurrí en una agencia de publicidad. Un ejecutivo de cuentas, disparado por una charla acerca de las manías, me confesó su irrebatible sensación de que caminaba en falsa escuadra. El inequitativo desgaste que adivinaba en las suelas de sus zapatos lo perseguía como el latido de “El corazón delator”.

Recordé aquella historia hace poco, durante una improvisada tertulia entre diseñadores acerca de las obsesiones aunque, en este caso, el sesgo común era el origen profesional de las compulsiones expuestas.

E., por caso, siente la irrefrenable necesidad de corregir las publicidades de vía pública, tentación a la que imaginariamente cede casi todo el tiempo. El nivel de detalle de la alucinación resulta tan minucioso, que puede visualizarse a sí misma realizando las operaciones que, Mac mediante, corregirían el desorden verificado. Menú>Object>Align. Click.

M. se descubrió sancionado por una mirada ajena cuando, al poner los productos de su compra en la cinta de la caja, se tomaba el tiempo de combinar los colores y las formas en un Tetris supermercadista, inadmisible para alguien que no hubiese sufrido los rigores de la formación en diseño.

De todos modos, los vicios profesionales sólo pueden explicar algunas de estas anomalías del comportamiento. Muchas otras, la mayoría, no pueden ampararse bajo la rigidez de alguna instrucción técnica, terciaria o universitaria, y terminan cayendo en las desoladas tierras de la psicopatología.

Ninguna lectura de Barthes explica que una doctora en Letras se aplique rigurosamente a masticar los alimentos en la misma proporción del lado izquierdo y del lado derecho de la boca. Fuera de la medicina, no hay mucho rigor profesional en el amasado parejo y la salivación generosa del bolo alimenticio.

Parece haber algo tranversal en las obsesiones. Hay una necesidad de organizar el propio mundo que se aplica a las tareas menos significativas con una determinación inexorable, más propia de lo biológico que de lo psicológico, e implica cierta sobreestimación del sujeto actuante, en tanto se pretende como una especie de agente represivo del caos que parece coordinar las relaciones en el universo.

Hace poco soñé con Gastón, mi hijo-aún-inquilino-de-su-madre. Soñé que estaba desnudo, panza arriba, jugando, y que se cagaba. Vero le contó mi sueño a su terapeuta (un saludo desde estas páginas), quien le manifestó, abatido por la risa, que se trataba de un sueño de manual, localizable bajo la letra O, de Obsesivo. El control de esfínteres se asocia con las personalidades que necesitan tener todo bajo el imperio de sus designios, de sus obsesiones.

Así que conoce una de mis cualidades más representativas.

Y eso que no vio mi biblioteca.

 

Biotipos de trabajo Enero 4, 2009

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 9:51 pm

Tras su compulsiva internación en una institución frenopática de renombre, nuestro antropólogo amateur decide adentrarse esta vez en el desolador universo de quienes fatigan irremediablemente sus días y sus noches en oficinas y demás escenarios de la tragedia laboral de Occidente. Su propósito: revelarnos una desesperanzada galería de especímenes dignos de estudio. A continuación, su escrupulosa taxonomía.

• El Mateo. Masoquista autocompasivo. Este lastimoso percherón del universo laboral lleva en sus hombros la marca del arnés que diariamente se calza para tirar solito del carro de la empresa mientras los jefes revuelven sus bolsillos en busca del más que merecido terroncito de azúcar. Sacrificado patológico, acumula tareas y responsabilidades que sus compañeros generosamente le ceden mientras saltan ágilmente sobre el trampolín de su espalda en busca de los puestos que él nunca se atreverá a codiciar. Resopla todo el tiempo, pero no atina a repartir coces a quienes culpa de su situación. La indignación que produce su inofensividad mueve con frecuencia a la combustión espontánea.

• El monaguillo. Maestro en el arte de secundar, prescinde de iniciativa de modo mililtante. A diferencia del salmón, sólo nada a favor de la corriente, y siempre y cuando alguien lo remolque: sus compañeros le resuelven los trabajos, sus jefes absorben sus responsabilidades y sus empleados se hacen cargo de sus errores. A fuerza de corrección en los modales, escritorios ordenados y camisas discretas, se hace querer por sus superiores, siempre deseosos de recompensar la genuflexión, la carencia de ideas y la intrascendencia profesional de sus acólitos. Porque ¿a quién no le gusta estar rodeado de empleados que no proyectan sombra alguna?

• El comunista unidireccional. Mestre de la socialización del mérito, expropia compulsivamente los dividendos del trabajo ajeno. Debido a la privación de leche materna en la temprana infancia, persigue con desesperación el reconocimiento de cualquier figura de autoridad que ocupe el lugar de su progenitora. Su método consiste en enturbiar ostensiblemente el producido laboral de sus colegas, operación que lleva a cabo, en el trayecto hacia los despachos de los jefes, mediante el secuestro y la adulteración de toda idea u objeto generado por sus pares: la inserción de gratuitos signos de puntuación en copiosos informes de vecinos de escritorio; el comedido ejercicio de la glosa sobre esforzados proyectos de colegas; la sustracción, licuefacción y condimentación de dignas creaciones de cerebros aledaños… Toda confiscación de porotos ajenos resulta materia de orgullo, acaso porque la gloria laboral se encuentra ahí nomás, a unos cortos manotazos de distancia.

• El optimista mórbido. Adalid de la negación, se intoxicó durante la niñez con aquello de que “Crisis significa peligro y oportunidad”. Posee la capacidad de urdir el lado positivo de casi cualquier escenario: logra ver un despido como “una oportunidad para un nuevo comienzo” o un fin de semana súbitamente laborable, como “una ocasión para conocer mejor a sus compañeros”. Su espíritu feliz resulta tan flagrante que sus víctimas suelen resignar la venganza por temor a que la interprete como un aprendizaje.

• El rinoceronte desbocado. Terrorista verbal, actúa sobre compañeros y empleados con la impunidad de un interrogador de la prisión de Guantánamo. Manotea golpes bajos a discreción para zanjar situaciones de la vida laboral: un primo lejano alcohólico, una configuración facial poco afortunada, un trauma de la infancia, una renguera, el gusto en la elección de la ropa… cualquier dato personal de la víctima es útil para justificar la negativa a un aumento de sueldo postergado permanentemente, para la asignación de una tarea hercúlea en tiempos imposibles y sin recursos o para la denigración con fines disciplinarios. A fin de eludir el mal karma de su accionar, se fragua una imagen de sí mismo en la que la lisa y llana crueldad es maquillada como una franqueza hormonal e ingobernable.

• El caballo del comisario. Pariente lejano del anterior, sostiene su impunidad para el maltrato con la palanca que lo depositó en el puesto que usurpa. Por lo general, su talento, conocimiento y experiencia mantienen una relación inversamente proporcional con la imagen superlativa que tiene de sí mismo. Su primer día de trabajo suele parecerse a uno de esos documentales de la National Geographic en los que el joven mandril recién llegado pretende destronar al viejo macho y demostrar que está para más: orina en todos los escritorios para dejar en claro que todo distrito es suyo; reparte golpes entre los animales viejos de la oficina para que vean que la sangre nueva llega para quedarse… Todo con la venia del director de la empresa, que usualmente es un pariente. Suele provocar renuncias masivas de compañeros y empleados que se asemejan a estampidas.

• El fan. Marcado a fuego por la falta de figuras parentales sólidas en su niñez más tierna, opta por adherirse a cualquier espécimen de oficina lo suficientemente fuerte como para oficiar de role model. Su edipo desenfrenado se traduce en una veneración digna de la Difunta Correa: en las palabras de su progenitor sustituto, el fan halla sabiduría infinita; en sus actos, justicia y mesura; en su apariencia, belleza y armonía… Por regla general, el individuo beatificado de facto carece de todas esas virtudes que su inesperado devoto se afanará en endilgarle, pero, se sabe, el ejercicio militante de la negación es un viaje de ida…

• El progre de barro. Mesías del travestismo ideológico. Desde el llano y en condiciones de laboratorio, siempre está del lado del pueblo. Compra Página; escucha a Silvio, a Pablo y a todo cantante con compromiso pero desprovisto de apellido; ve sólo películas europeas e iraníes y las debate en la pecera para fumadores de La Paz; lee a Cortázar, a Galeano y a Benedetti; y siempre votó izquierda… Pero cuando las papas queman, abjura de su fe como quien deja el cigarrillo, y asume el discurso patronal con la aterradora virulencia de los conversos: aconseja despidos, sugiere recortes, denuncia llegadas tarde y asesora en el disciplinamiento irrenunciable de sus compañeros y empleados. A pesar de su funcionalidad al esquema empresarial, sus jefes suelen temerle.

• El ignorante. Solipsista desde la cuna, su percepción de lo que lo rodea no alcanza a trascender la epidermis. A su paso, numerosas vidas sucumben sin que él reciba el más mínimo indicio. Su rutina nunca sufre alteraciones porque es incapaz de registrar el contexto: llega, ficha, trabaja, almuerza, trabaja y se va, sin aprenderse nunca los nombres de sus empleados, compañeros y jefes más que el tiempo necesario para interactuar con ellos de nueve a seis. Su talento para el autismo lo hace con frecuencia objeto de sana envidia.

 

Manual de clichés (4) Marzo 10, 2008

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 4:44 pm

Sí, querido lector. Aquí estamos nuevamente, apuntando a mejorar su calidad de vida. Hoy, más tips útiles para integrarse plenamente a algo.

CLICHÉ 4: EL INTELECTUAL CRÍTICO
El mundo del pensamiento ofrece innumerables beneficios: homenajes legislativos, mesas redondas, columnas en suplementos culturales, empleos en el mundo editorial, cargos en la estructura del Estado… ¿Quién, en su sano juicio, querría dejar pasar semejantes delicias? Nosotros no y, seguramente, Ud. tampoco. Veamos cómo podemos ayudarlo.
• Procúrese una cara estatuaria. Un intelectual de fuste debe ser, ante todo, visualmente pregnante o, de otro modo, se confundiría sin más con la masa de raciocinio acotado. Barbas dervichescas, bigotazos inverosímiles y ceños marmóreos son algunos de los atributos deseables para acceder al Olimpo de la intelectualidad crítica. Por supuesto, Ud. no desea lucir como un intelectual orgánico, así que será menester sazonar la solemnidad de su cara con algún toque de desidia en la vestimenta (elecciones cromáticas cegadoras, ropas que rechazan el planchado), a fin de evitar que los mediocres descomprometidos lo supongan un frívolo preocupado por su apariencia.
• Exija respeto. La domesticación de otras subjetividades resulta esencial para cualquier postulante al podio de la intelectualidad polémica. En todo momento debe Ud., querido lector, cultivar una relación asimétrica con el resto de los mortales: desde el tuteo hasta la crítica (la más intolerable de las barbaries que se puedan cometer en su contra), todo trato hacia Ud. que aliente la falsa idea de una igualdad de estatus entre Su Persona y el resto del mundo deberá ser ejemplificadoramente penado. Los otros tendrán que dirigirse a Ud. con el debido Temor Reverencial, y Ud. les retribuirá con la necesaria mixtura de desprecio y paternalismo que se destina a quienes (parafraseando al pensador contemporáneo José Luis Chilavert) no han ganado nada.
• Ponga huevos en todas las canastas. Todo intelectual que aspire a que una plazoleta de Palermo o un aula magna lleven su nombre, no debe recluirse en la Torre de Marfil de la Academia pero tampoco zambullirse sin más en el mundo exterior, a fin de ahorrarse los epítetos que podrían caberle por su entrega total a la una (arielista del orto) o al otro (pelotudo exento de rigor). Apostar a ambos mundos le permitirá gambetear tales acusaciones y legitimarse moral e intelectualmente en una esfera sin perder puntos en la otra, asegurándole, además, unas cuantas changas porque, al fin y al cabo, el costo de vida aumenta todo el tiempo. De este modo, un empleo lucrativo como comentarista deportivo puede verse dignificado por su estatura intelectual y su sentido crítico (“Mediante un gesto enérgico, Peretti nuevamente ha sancionado off-side, con esa violencia oligárquica que exhiben los dueños de la tierra para desalojar de las áreas a los jugadores de los clubes chicos”) mientras que una clase teórica podrá ser utilizada para interpelar desde el lenguaje popular el irritante conservadurismo del mundo académico (“Ocurre que los viejos maracas de la cúpula eclesiástica invitaron a Abelardo al Concilio de Soissons con la excusa de que defendiera su obra de las acusaciones de herejía, pero los mascapitos ya lo habían condenado por adelantado y lo forzaron a quemar su obra, que es lo que las garcas que dirigen esta Casa de Estudios querrían hacer conmigo, si pudieran”).
• Tenga un millón de amigos. Sí, claro que Ud. desea ser un pensador incisivo, pero eso no implica arreglárselas solo, estimado lector. Un incansable cuestionador del poder establecido debe incansablemente establecer un poder que lo respalde en caso ser cuestionado: denuncias de plagio, de opacidad en el manejo de fondos, de acoso sexual, de ataque con arma blanca… nunca se sabe qué recursos pueden emplear los enemigos del pensamiento revolucionario para desacreditarlo. De ahí la importancia de tejer pacientemente una red de amistades bien posicionadas: decanos, editores de suplementos culturales, directores de organismos públicos, gremialistas de más de cien kilos, ministros, animadores televisivos… Allí donde algún ingenuo suponga una oportunidad para hacer mella en el sólido bronce de su reputación, sus defensores, querido lector, saldrán de a cientos, las fauces babeantes, a dar su merecido a quienes no saben guardar su lugar. Recuerde que la diferencia entre un don nadie y una Vaca Sagrada de la intelectualidad está dada por el peso de las firmas al final de las solicitadas.
• Gesticule visiblemente. Para un candidato a paladín de la controversia, el ademán es un ítem esencial. La provocación en público debe ser su norte, y los gestos bruscos su método; la corrección debe dejarse para los intelectuales televisivos, esos timoratos domesticados que nunca le llegarán a los talones: gritos, golpes en la mesa, amenazas de muerte, son algunas de las formas que deberá emplear constantemente tanto con sus detractores como con sus adeptos, para que a todos les quede bien claro que Ud. no baja la guardia ni ante los amigos.

Ahí tiene, querido lector. Otra vez le hemos brindado una serie de tips, en este caso para gozar de las mieles que trae aparejadas la condición de intelectual crítico. No se olvide de agradecernos cuando lo inviten al descubrimiento de su propia estatua ecuestre. Y si no era éste su anhelo, aguarde hasta la proxima entrega: acaso ése sea un cliché más de su agrado.

 

Manual de clichés (3) Enero 1, 2008

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 3:17 pm

Nuevamente nos presentamos en auxilio de aquellos que no pueden adherirse exitosamente a los grupos deseables. Esperamos les sea de provecho.

CLICHÉ 3: EL ADVENEDIZO
Pocas cosas resultan más admirables que alguien capaz de pretenderse experto sin más capital que una relación epidérmica con cualquier tipo de conocimiento, una autoestima laboriosamente sobredimensionada y una inagotable capacidad para el simulacro. ¿Desea Ud. ser uno de ellos? A continuación, unos consejitos.
• Incorpore conocimiento. Para todo advenedizo de ley resulta esencial impostar una avidez de saber de la cual carece por completo. Es menester, entonces, conjugar un máximo de visibilidad con un mínimo de rigor intelectual, a fin de producir en el espectador desprevenido la idea de que se está ante un multifacético genio de fuste. Todo suma puntos: talleres de toc toc y redoblante, cursos de Photoshop para retoque de fotos 4 x 4, seminarios de hermenéutica de las letras de Las pastillas del abuelo… Si le resulta posible, agréguele un poco de prestigio al cuadro, anótese en algún instituto primario con pretensiones de terciario y refiérase a él como “la Facultad”: Licenciatura en Telecomando Sexual y Ataque Psíquico, Maestría en Comunicación Orientada a Suplementos Femeninos, Doctorado en Levaduras, todo resulta útil en la carrera hacia la impostura del saber.
• Anexe territorios. Para un advenedizo hecho y derecho, el Lebensraum (espacio vital) resulta siempre una necesidad en perpetua expansión. ¿Para qué abarcar poco y apretar mucho, cuando se puede ser exitoso haciendo exactamente lo opuesto? Acaso, querido lector, estos recursos sean tildados como falacias argumentativas por algunos moralistas, pero Ud. deberá gambetear esos sentimientos de culpa tan judeocristianos con el fin de usurpar inobjetablemente los campos de acción de otros humanos menos dotados para la supervivencia. Veamos algunos criterios aplicables.
a) Contagio: un encuentro lejano del tercer tipo habilita para considerarse experto en un terreno que resulta tan inexplorado como la llanura abisal. Un primo segundo que asiste a un taller vocacional de pintura sin manos es suficiente vínculo con el saber para emitir juicios tan arbitrarios como convincentes acerca del pobrísimo papel del cubismo en la historia del arte moderno.
b)
Contigüidad:
se apoya en la noción de deslizamiento, tan en boga entre los gurúes del éxito advenedizo, que consiste en que cualquier saber o capacidad, mediante un movimiento más o menos ínfimo, se hace asimilable a otro saber o capacidad. De la manipulación de bollos de pizza a los estudios sobre cultura de masas hay apenas un par de pasitos intelectualmente imperceptibles.
c)
Blitzkrieg:
¿Es útil la diplomacia para obtener algo? La invasión de Polonia del ‘39 prueba que no. Aquí lo aconsejable es plantarse en tierras desconocidas de modo intempestivo y con la aplastante seguridad del experto. Poco importará si Ud. apenas sabe cómo encender una PC en tanto sea capaz de hablar con impune aplomo acerca de cuestiones tecnológicas, salpicando su discurso con palabras exhumadas de la ciencia ficción de los ‘50 como vanguardia, robótica y electrónica.
• Escrache al experto.
¡Ah, querido lector, qué placer se obtiene del maltrato público de aquél que sí sabe! Si desea ser un advenedizo de verdad, no puede dejar pasar la falta de quienes que poseen el conocimiento que Ud. apenas alcanza a simular. El escrutinio de toda palabra o acción que le huela a yerro ajeno ha de ser su obsesión, y el vituperio a cielo abierto del inadmisible desacierto del prójimo instruido, su causa final. Para ello, es menester proveerse de las más diversas fuentes y consultarlas de forma oblicua, a efectos de poder citarlas cuando se resalte esforzadamente el fallo de aquellos que, teniendo el pan del saber, carecen de los filosos dientes de escualo con los que Ud. fue dotado.
• Diluya su responsabilidad. Complementario del precedente, este consejo busca resguardarlo, querido lector, de los costos que implica el error propio. Porque, convengamos, no suele ser fácil sanatear de modo convincente acerca de cualquier materia y salir siempre airoso de la farsa. Ahí es cuando Ud. debe suavizar los efectos adversos de su incursión en terrenos desconocidos. Diluya su responsabilidad en la sangre de alguna víctima propiciatoria más o menos plausible, pero siempre con un fraguado rictus de congoja por lo penoso y humillante de la situación… del otro. Lo cortés –se sabe– no quita lo hiriente. “Así que ‘helicóptero’ se escribe con hache… Qué penoso, porque yo le había enviado el texto a la licenciada Petruzza, que es correctora en un diario de alcance nacional, justamente porque confiaba en sus conocimientos, y como ella no me había marcado nada… Pero bueno, pobre, con el problema de bebida que tiene, es lógico que se le escapen algunas cositas…”.
Devalúe el saber ajeno. Un advenedizo de pura cepa tiene claro que su intelecto ha de ser metro patrón para la raza humana. Por ello, deberá descalificar amable pero firmemente todo conocimiento o habilidad que se hallen fuera de su esfera de simulacro y convertir así sus carencias en renuncias voluntarias, ya sea argumentando pedantería (cuando los conocimientos en cuestión superen incontrastablemente sus capacidades) o chatura (cuando se trate de saberes cuyo simulacro no reporte prestigio suficiente). “Nunca tuve interés en ser parte de la secta académica, con toda esa gente que habla en difícil y sólo se lee a sí misma… De ahí que me hiciera echar de cinco colegios y me quedara sólo con segundo año de la secundaria, que es exactamente cuando el sistema educativo deja de transmitir los contenidos verdaderamente valiosos”.

¿Y bien, querido lector? ¿Ha logrado ya Ud. su ingreso al universo de los exitosos con escrúpulos reducidos? ¿Ah, aún no? Recuerde, entonces, persistir en el simulacro con el suficiente ahínco como para que quienes aún se resisten a ser superados por un mediocre con ínfulas (sepa Ud. disculpar la crudeza, pero es el lenguaje que utilizan los derrotados) aprendan lo que es bueno y cedan de una vez esos espacios que no saben aprovechar. Hasta nuestro próximo encuentro.

 

Manual de clichés (2) Agosto 24, 2007

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 9:59 pm

Bienvenido nuevamente, querido lector. Si aún no has logrado una adaptación exitosa al medio de tu preferencia, henos aquí otra vez para facilitar tu ingreso indoloro al estereotipo deseado.

CLICHÉ 2: EL EMPLEADO DEL MES
Acaso el lector desvalido alguna vez haya deseado pertenecer a la casta de asalariados notables cuya efigie proyecta éxito desde las paredes del baño de la empresa en la que resigna los más productivos años de su vida. Pocas cosas deben ser más reconfortantes que saborear diariamente el esquivo favor de los jefes, esos padres exigentes que nunca tienen suficiente amor para todos sus vástagos; muy probablemente el lector haya celado a su odioso colega como un hermano resentido lo hace con el preferido de sus progenitores. Ya es tiempo de abandonar esas actitudes negativas que a nada bueno conducen y de tomar el toro por las astas. Siga estos consejos.
Ofrezca soluciones. Pocas cosas son más apreciadas por un jefe hecho y derecho que la existencia de alguien que le permita gozar de las mieles del cargo sin padecer la persistente molestia del trabajo que suele implicar. Es entonces cuando Ud. debe resultar imprescindible, resolviendo problemas allí donde parezca haberlos, o creándolos a medida de las soluciones que oportunamente fraguará. Es menester magnificar toda situación problemática, a fin de poder resaltar luego la trascendencia del aporte realizado: un verdadero Empleado del Mes debe lograr que sus jefes posen su mirada sobre él toda vez que le sea posible fabricarse algún mérito. La clave para producir ese efecto radica en la mise en scène, que apunta a resaltar el generoso esfuerzo que Ud. realiza en beneficio de esta segunda familia que es La Empresa. De ahí que la relación entre la importancia de la tarea y la cantidad de energía invertida en ella deba ser obscenamente desproporcionada: perpetre la clasificación manual de la correspondencia en función del color predominante en las estampillas, redacte instructivos ultrajantes para estandarizar la apertura de las canillas de agua caliente de los baños, diagrame recorridos de colectivos para evitar las llegadas tarde de sus compañeros que tanto perjudican a La Empresa…
• Póngase la camiseta. Sí, querido lector, es posible que esto le granjee apelativos como buchonazo o alcahuete (claramente motivados por la envidia), pero no debe perder de vista que los resultados a futuro bien lo valen. Lo primero que debe recordar es que, sea cual fuere el conflicto, el lado correcto siempre es el de La Empresa: si los baños fueran inviables, usted demostrará que la retención de desechos corporales resulta beneficiosa para el rendimiento laboral.
• Destaque la falta ajena. Resulta infalible para ganar puntos con sus superiores. Cualquier jefe que se precie de serlo requiere un sniper (un francotirador, bah), alguien con vista de lince que marque las conductas erradas, que hiera de muerte a los infractores que tanto dañan a La Empresa y complican la ardua faena diaria de las esforzadas castas directivas. Horarios de almuerzo injustificadamente extendidos, hurto de banditas elásticas, charlas prolongadas en los pasillos, todas esas agresiones al equilibrio del ecosistema laboral y la productividad de La Empresa deben ser castigadas y, si bien no está Ud. en posición de hacerlo, al menos puede proveer a su jefe la evidencia necesaria para lograr la condena. Por supuesto, la marcación de la presa debe comportar un cierto grado de obscenidad, pero con clase: “Me habría encantado tenerle preparado el informe, pero necesitaba unos datos de Fernández, y como él suele llegar algo tarde y retirarse un poco más temprano no hice a tiempo de pedírselos…”.
• Demuestre sumisión. ¡Ah, qué delicia que es la dominancia para el negro paladar de un jefe! Como se puede apreciar en los didácticos documentales de National Geographic, la sumisión hacia el más fuerte se presenta como un recurso que garantiza la supervivencia. El principio es que la autoridad (sin importar cuán infundada, arbitraria y banal pueda parecer) no debe ser desafiada ni en las más inocuas formas. No pretendemos que Ud. (como si se hallara frente al macho dominante de una jauría) camine agachado, con la cola baja y las orejas orientadas hacia atrás cada vez que se encuentra frente a su jefe, pero…
• Acote su universo. Complementario de la camiseteada, consiste en explicitar su entrega incondicional a la empresa por vía indirecta. Su discurso debe siempre ceñirse al diminuto aunque intenso mundo de la oficina, como si no tuviera otra cosa en la vida (si no la tiene, mejor: un actor del método resultará más convincente). Hablará de sus compañeros de trabajo como Luis Sandrini hablaría de unos hijos revoltosos pero queribles; reivindicará la calidez de su cubículo frente a la frialdad de su domicilio legal; postulará al subgerente de compras como el padre que le habría gustado tener…

¿Y bien? ¿Ya se halla adherido a alguna pared de la egregia oficina en la que fatiga sus días sin noches? Si aún no lo ha logrado, sepa que, apegándose a estos lineamientos, sólo es cuestión de tiempo…

 

Manual de clichés (1) Junio 29, 2007

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 5:31 pm

En esta útil sección, de aparición tan irregular como su calidad, intentaremos brindar una serie de consejos (perdón, de tips) destinados a posibilitar que cualquier sujeto morigere lo incómodo de tener una personalidad que desorienta taxonomías, y que se asimile sin problemas a cualquier grupo humano de características definidas. Comencemos, pues, con este invalorable servicio a la comunidad.

CLICHÉ 1: EL CULTO
Una necesidad frecuente en nuestros desesperados y miserables lectores es la de no desentonar en eventos culturales (vernissages, cafés literarios, mesas redondas, reuniones académicas o invitaciones a El refugio de la cultura). Los testimonios acerca de la sensación de orfandad que padece el forastero en tales eventos son, invariablemente, conmovedores. A fin de atenuar el padecimiento y lograr la feliz adaptación del sujeto al entorno, brindamos a continuación algunas prácticas sugerencias.
• Escuche música clásica. ¿Dónde se ha visto que una persona culta escuche metal? Haga Ud. la prueba, querido lector, de entrar en alguna reputada librería de su ciudad: ¿cuál es, invariablemente, la música ambiental de ese sagrado depósito de mercancías culturales? Mínimo, un Mozart. Es sabido que los intelectos exigentes buscan placer en lo complejo, de modo que si Ud. acostumbra escuchar, por ejemplo, a Megadeth, lo máximo que se esperará de Ud. en términos intelectuales es que califique como analfabeto funcional.
• Hable difícil. ¡Ah, qué felicidad siente el culto en sustraerse de la basta realidad para hablar de cosas importantes! Una de las claves para estar a tono en contextos eruditos es tener en claro que lo que distingue al individuo cultivado del vulgo es el registro del habla. Para sustentar esa diferencia, es menester la posesión de una jerga; si carece Ud. de una, procúrese una profesión que la provea o, cuando menos, consígase un glosario. Secreto para el débutant: construya ristras de vocablos arcaicos, improcedentes y de pronunciación trabajosa, y profiéralas en cualquier ocasión que le proporcione el suficiente grado de visibilidad.
• Carraspee. En sus parlamentos, el aprendiz de culto debe, con cierta frecuencia, intercalar lo que se denomina carraspeo culto, una tosecilla dosificable que en lenguaje historietístico suele traducirse como ejem. Una de las funciones (acaso la más importante) de este dispositivo consiste en aportar la necesaria pausa dramática al discurso del sujeto refinado e instruido, además de brindar unos valiosísimos segundos para la selección y alineación de los siguientes vocablos arcaicos, improcedentes y de pronunciación trabajosa que formarán parte de un buen discurso culto. Si Ud. posee una garganta delicada, que pudiera dañarse por impostar permanentemente la adhesión de mucosidad a la glotis, puede reemplazar el carraspeo por la dubitación culta, que consiste en la estratégica inserción de las partículas eeeh o esteee a lo largo de sus intervenciones.
• Consuma cine exótico. ¡Ah, qué gran aporte ha hecho la crítica especializada a la cultura occidental! Si no fuese por tantos programas, sitios y publicaciones, jamás habríamos podido disfrutar de la imposibilidad narrativa de La manzana y tantas otras joyas cinematográficas de allende el Éufrates. El aspirante a culto deberá tener en cuenta que existe una relación directamente proporcional entre la distancia geográfica del país de procedencia de un filme y la valoración crítica que de él se hace; a mayor millaje, mejor es la película, de modo que, ateniéndose a esta regla, el lector podrá inferir sin dificultades el valor de un largometraje argentino filmado en Barracas.
•Elija minorías. El individuo cultivado tiene en claro que el número contamina, de modo que siempre preferirá, siguiendo el consejo de Robert Frost, los senderos menos transitados: la música menos escuchada, los escritores menos leídos, los eventos menos concurridos. Lo esencial en este caso es la dificultad que entraña el acceso a tales mercancías y convites: lo inhallable, lo inaccesible o (sobre todo) lo escaso es, por fuerza, lo más exquisito. El sujeto culto debe gambetear a la masa en toda ocasión porque, se sabe, la Verdad y la Belleza están allí donde hay menos gente por metro cuadrado y se puede respirar mejor.
• Fume en pipa. No se trata de un ítem esencial, pero suma. Si Ud. es asmático, puede saltearse este apartado, o bien circular con la pipa en la boca, pero sin ponerle tabaco. Si es ya Ud. un fumador, sabrá apreciar el favorable cambio estético que implica pasar de parecerse a Pucho, el ayudante de Neurus, a verse como un familiar de Freud. Pocas imágenes dan culto tanto como un individuo con la pipa en la mano mientras enuncia una serie de de vocablos arcaicos, improcedentes y de pronunciación trabajosa. Cabe hacer una advertencia para el novel: procure fumar en pipa en contextos cultos. El lego puede confundir el dulce perfume del tabaco de pipa con el vulgar olor de la chala, y sería muy penoso que una muestra de cultura tan evidente se viese mancillada por una inadecuación de individuo y entorno. No tire margaritas a los chanchos.

Esperamos que estos humildes consejos le permitan integrarse felizmente en contextos de gente de intelectos refinados y exigentes. Nos vemos en la próxima entrega, cuando ayudaremos a otra serie de parias a confundirse con el grupo humano de su preferencia.

 

Biotipos de fiesta Junio 2, 2007

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 2:11 pm

El antropólogo amateur encuentra en las fiestas y reuniones una ocasión óptima para analizar la conducta humana. Los modos de comer, de hablar, de relacionarse con los otros, de presentarse ante los demás son un material valioso para quien guste ejercitarse en la proposición de taxonomías.

Con apenas unos eventos sobre sus espaldas, nuestro anónimo enviado nos invita a interesarnos en algunos de los descubrimientos que procuró, luego de una investigación científicamente rigurosa, organizar a partir de los siguientes arquetipos.

• El anfitrión. Usualmente devorado por el estrés, el disfrute le está vedado. Para él, la fiesta consiste en cocinar, servir, reponer lo faltante, guiar invitados hacia el baño, conseguir ceniceros y limpiar vómitos. Se siente en la obligación de estar con todos y, con un conmovedor despliegue de energía, logra no estar con nadie. Debido a sus problemas de memoria a corto plazo, por lo general sólo recuerda haber recibido y despedido a sus invitados; el intervalo sólo lo puede reconstruir mediante testimonios.

• Il divo. Dotado de un ego inexplicable, interpreta que cualquier coincidencia de más de dos personas en un mismo recinto tiene por objeto principal rendirle homenaje. Saluda desconocidos como si siempre hubiesen deseado codearse con él, se conduce con la autoridad de la que el propio anfitrión carece y participa en conversaciones en las que nadie deseó incluirlo, usualmente aportando opiniones tan arbitrarias como tajantes: “¿Hamlet? La peor obra de Shakespeare. No la leas”. Produce mayormente rechazo, pero es incapaz de registrarlo.

• El impar. Desafortunadamente, su número es el uno. Por algún motivo oscuro, se lo suele invitar a reuniones a las que todos los demás concurren en pareja. Incapaz de utilizar la primera persona del plural en sus anécdotas, su experiencia es miserable de principio a fin. Si, por desgracia, es mujer, las preguntas sobre su soledad y los consejos para remediarla serán aun más encarnizados.

• El planificador. Se prepara como si estuviese proyectando una obra de ingeniería. Supone que las fiestas son ocasiones en las que debe “soltarse”, y decide planificar la soltura al detalle. Practica Programación Neurolingüística para Fiestas en base a verbos con resonancias accidentológicas como “desbarrancar”, “derrapar” y “descarrilar”. Si se emborracha, sólo es porque ya tenía mensurada la cantidad de alcohol que se permitiría ingerir.

• El transgresor social. Variante culposa del planificador. Menos liberal de lo que necesita creer, disfraza su moral de pueblo chico con ademanes de reviente urbano. Encuentra en las fiestas la ocasión perfecta para incursionar en aquellos placeres que le están vedados en su vida cotidiana, pero le preocupa enormemente lo que puedan pensar de él. Sostiene con suficiencia que mezclar moscato con gaseosa, fumarse un toscano chipriota o expeler piropos soeces a discreción son actividades perfectamente inocentes, pero no cesa de aclarar a sus interlocutores que sólo las perpetra en contadísimas ocasiones, y siempre cuando alguien le convide o lo secunde.

• El desintegrado intencional. Su odio hacia las fiestas es militante. Acepta las invitaciones con la rencorosa obediencia de un espartano reclutado para combatir en Las Termópilas. Todo le disgusta y lo hace saber cada vez que alguien comete la imprudencia de ser su interlocutor. Supone que la música fue elegida con el único fin de arruinarle la digestión de comidas que no cesa de objetar. Los motivos por los que sigue siendo invitado son tan inexplicables como la reposición de la Piedra Movediza de Tandil.

• El desintegrado accidental. Variante desgraciada del anterior. Él desearía ardorosamente pasarla bien, pero no puede evitar sentir que la fiesta es una conflagración preterintencional. La comida le agrava la úlcera, la música es demasiado fuerte, la conversación se centra en gente que desconoce… Se siente como un huerfanito de Dickens, pero no lo expresa para no arruinar la diversión ajena. Los motivos por los que sigue aceptando invitaciones son tan inexplicables como la reposición de la Piedra Movediza de Tandil.

• El gracioso infructuoso. Sus humoradas siempre están fuera de registro, pero le resulta imposible percatarse de ello. Escatológico profesional, ofende a personas que apenas conoce sin el menor esfuerzo y remata sus intervenciones con risotadas convulsivas que remedan un pecarí en celo. Se siente el alma de la fiesta, pero la opinión general suele ser que es un pelotudo a manija.

• El sátiro. Víctima de un indómito priapismo, su conducta se ordena en torno a una lascivia desbordante. Capaz de encarar a una viuda en pleno funeral, carece de escrúpulos tanto como de atractivo. Suscita en las mujeres abordadas la imperiosa necesidad de huir, que procura malinterpretar como una instancia natural del cortejo. Se supone un imán sexual, pero, por desgracia, las mujeres que persigue no son metálicas.

• El inconsciente individual. Psicótico festivo. Ignora felizmente el efecto que causa su conducta, lo cual lo vuelve tan molesto como inimputable. Descarga su vejiga en la jarra del clericó, persigue al perro de la casa con ansias de cópula y manosea enanos de jardín sin sonrojarse. Su carencia de registro le permite salir indemne de un careo con los testigos de sus tropelías.

• El adelantado. Sibarita de la angustia anticipada. La ansiedad corroe su psiquis y le impide disfrutar del momento. Si la fiesta recién empieza, ya está afligido por la despedida. Se solaza en la desesperación que le causará la espera del próximo evento y ahuyenta a cualquiera que pretenda pasarla bien. Usualmente se retira antes de tiempo.

 

De las estatuas vivientes Mayo 23, 2007

Archivado en: Patafísica — derjungewoerter @ 12:50 pm

El paseante desprevenido se topa, ocasionalmente, con ciertas laboriosas intrascendencias que se agrupan bajo una denominación con pretensiones oximorónicas. Si la suerte lo acompaña, el flâneur será objeto de un polémico agradecimiento, caligrafiado con pulso firme y trazo sensible, estratégicamente ubicado junto al receptáculo para donaciones: “Gracias por apoyar al arte”.

Si el paseante se permitiese una pregunta retórica acerca de la calidad artística del esforzado veinteañero que se gana la vida replicando la estatua viviente de un esforzado veinteañero que se gana la vida replicando una estatua viviente, la respuesta negativa a la que posiblemente llegaría lo condenaría al arcón de los reaccionarios de la cultura. El platónico caminante podría defenderse argumentando que, si ya el original de La pietá de Miguel Ángel era inferior en calidad a su idea, la imitación de La pietá con la que uno podría encontrarse, digamos, un mediodía en plaza Flores, debería ser, aunque más no sea por el principio de la pérdida de calidad de la copia de una copia, objeto de discusión.

Nuestro peripatético amigo soportaría entonces, dignamente, la conmovedora ristra de sofismas de entusiasmo menguante con los que se suele defender el estatus artístico de esta práctica: a) el parecido con el original, b) la laboriosidad de la puesta, c) la ejemplar resistencia a la furia de los elementos, todos ellos pasibles de ser demolidos en la siguiente secuencia: a) la dudosa existencia de intención artística detrás del parecido innegable entre hermanos gemelos, b) el carácter meramente utilitario que reviste la construcción de diques por parte de los castores, y c) la estéticamente pobre pasividad de un agente de policía en una lluviosa noche de invierno.

Tras defender de modo infatigable su posición, nuestro noble viandante sería, casi indefectiblemente, sometido al último recurso de los abogados de las tallas móviles: el argumento moral. Este alegato (seguramente expelido con la desfalleciente vitalidad de un telemarketer en su última hora de trabajo) consistiría en elogiar la opción de los autoestatuarios por su penalmente inobjetable modo de ganarse la vida frente a otras opciones menos deseables, como los secuestros express, los asaltos a bancos y el sicariato.

Y he ahí el golpe milagroso, aquel que, contra las cuerdas y sin resto físico, da un boxeador desesperado. ¿Qué podría responder nuestro transeúnte a semejante argumentación? Finalmente derrotado en el último minuto, sólo le quedaría poner un billete de diez en la improvisada urna, darle una amistosa palmada en la espalda a la perfecta (si no fuera por los brazos y la cabeza) réplica de la Victoria de Samotracia, y retirarse con cierta resignación, consolándose con la idea de que siempre es mejor una estafa que un delito violento.